El resto volvió en coche. Nosotros, con la excusa del espacio, cogimos el tren.
Ella se durmió enseguida. Apoyó su cabeza en mi hombro, cerró los ojos, y su respiración se acompasó al vaivén del vagón. Yo seguí despierto, contemplando alternativamente el paisaje y su rostro. Cada parada rescataba un momento en el que pudimos acabar juntos y cada puesta en marcha me recordaba, a su vez, que siempre llegué tarde.
En la penúltima estación, me levanté con cuidado y la dejé soñar en equilibrio. Aquella vez llegué a tiempo, pero ahora nuestros rumbos eran distintos.
1 comentarios:
Me relaja tu forma de escribir.
:-)
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