domingo, 19 de julio de 2009

Polvo de estrellas

Ciertamente somos polvo de estrellas, pero también entre las estrellas hay clases y clases. Para empezar, no es lo mismo ser una estrella de tipo M, como My Cephei, cientos de veces más grande que el Sol, que llamarte LHS 2397a, ser poco mayor que algunos planetas y estar localizable solo para quien posea un telescopio de varios miles de aumentos.

También hay estrellas más útiles que otras. La estrella polar parece estar inmóvil en nuestra bóveda celeste y durante milenios ha servido como referencia para navegantes, aventureros y demás profesionales errantes. La pequeña Próxima Centauri, en cambio, sencillamente figura allá arriba, como un extra de cine, ajena a cualquier constelación o referencia literaria. Si las estrellas se juntasen a beber en un bar durante el día, cuando nadie las mira, seguramente Alfa Ori podría presumir de ser el hombro de Orión, Algenib podría decir orgullosa que sin ella Pegaso no tendría alas y Antares se llevaría a su órbita a las mejores estrellas fugaces. La estrella menor del Anillo del Sur, en cambio, permanecería sentada en una mesa del rincón, relativamente a oscuras, aferrada a una pinta de cerveza pensando en cómo morir: si como una enana blanca, perdiendo lentamente su energía para sumirse en la nebulosa, o si liberando toda su energía en una última explosión que se llevase por delante a todos los demás cuerpos celestes.

Siendo polvo de estrellas, de alguna forma nuestra vida se compone de los retazos de la existencia pasada del astro que nos forma. Quienes sufren adicciones que los arrastran a un triste fin tienen en su cuerpo los átomos de una diminuta estrella absorbida por un agujero negro. Las más luminosas supernovas cedieron una parte de sí a los actores, músicos y escritores que conocieron pronto la fama y murieron antes de caer en el olvido. Y las estrellas dobles, que bailan inseparables una música secreta a años luz de distancia, moldearon la esencia de los amantes destinados a necesitarse para vivir.

El destino, por lo tanto, no es una fuerza irrefrenable ni la voluntad de un ser superior. Sencillamente es la naturaleza de aquello que fuimos cuando, en lugar de contemplar el cielo como hormigas, lo iluminábamos como astros.

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