lunes, 9 de febrero de 2009

La Casa Azul

Me gusta pensar que nací tres años antes que ella, y que, aunque yo no fuera libre, aunque sólo era una especie de esclavo de su familia, Frida y yo éramos hermanos. Crecimos en tiempos de guerra, de secretas confesiones en susurros que yo escuchaba en silencio… En ese maldito silencio al que se ha visto condenada mi existencia.

Desde pequeña, Frida fue una niña enfermiza. Durante largos períodos se vio obligada a permanecer en cama y era mi misión protegerla. Yo fui el único testigo de cómo dio vida a sus primeros lienzos y de cómo la niña se convirtió en una atractiva joven, llena de la fuerza que tenían sus pinturas.

No recuerdo con exactitud el primer día que Diego llamó a mi puerta para visitarla, pero sí cómo fue la boda dos primaveras más tarde y cómo lloraron nuestros padres cuando Frida se fue, lejos de nosotros. Tardamos mucho en volver a verla, y cuando lo hicimos fue para ver cómo nuestra madre se iba a un lugar aún más lejano del que ya no volvería. De nuevo, Frida se confesó conmigo, me habló de su tristeza, de su soledad… Y, como todas las veces anteriores, lleno de impotencia, no pude responderla ni tranquilizarla; sólo pude darle calor.

Pasaron varios otoños y me pidieron que cuidara de un hombre llamado León. Frida y Diego venían a visitarle de vez en cuando, pero un día Diego y él discutieron y se marchó. Inmediatamente después, Frida dejó a Diego y acudió a mí. Desde entonces y hasta su muerte, el único motivo por el que deseaba seguir existiendo era cuidar de ella.

Diego volvió con Frida tras un tiempo, y entonces comenzó el periodo más feliz de mi vida. Constantemente recibían la visita de distinguidos visitantes de todo el mundo, así como de varios fotógrafos a los que Frida pedía que fotografiaran sola o, en ocasiones, conmigo. De todas las visitas, mi favorita siempre era la de los Fridos, los más queridos alumnos de mi hermana, aquellos a los que estaba encantada de enseñar, incluso cuando se vio obligada a guardar una cama de la que ya apenas se levantaría…

… hasta su muerte. Fue muy duro para mí recibir a toda aquella gente y guardar, a pesar del dolor, aquel color azul en mi superficie. Logré por fin lanzar, después de tantos años, un largo grito que duró meses… pero nadie me oía. Sólo Diego, tras observarme detenidamente con su profunda e intensa mirada, comprendió lo que necesitaba: a ella.

Y por eso me la volvió a traer. Volvió a traerme sus pinturas, sus ropas, sus fotografías… y en mi puerta colgó un letrero en el que me llamaba como ella siempre me llamó con cariño: su Casa Azul.

(Nota: este relato fue escrito en 2006 para un ejercicio libre sobre Frida Kahlo durante la carrera de Periodismo. Lo encontré esta mañana curioseando en el correo)

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