lunes, 20 de octubre de 2008

Amore Morte

Angelines Amaro, Ramsés Radi, Sara Benito, Héctor Peinador y un servidor perpetramos este corto en julio, dentro de un curso del Círculo de Bellas artes coordinado por Pedro Pérez Jiménez. Los actores, que no cobraron, responden a los nombres de Beatriz Amaro y Lorenzo Ayuso.

(Gracias por colgarlo, Angelines)


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domingo, 5 de octubre de 2008

Fuegos artificiales

Con cada explosión, cientos de irisadas centellas inundaban el cielo para caer después en una lluvia cromada. Cada estallido de los fuegos de artificio que aquella noche clausuraban las fiestas llenaba de color no sólo la noche, sino también la habitación en la que me encontraba. Frente a la ventana, intentaba entender qué había ocurrido mientras un tipo de pelo cano amenazaba con un revólver a aquella joven de pelo corto azabache y cara tan familiar.

Sin embargo, la hipnótica luz de los fuegos me impedía recordar.


Me encontraba mareado, ni siquiera podía entender qué estaba preguntándole (gritándole)  aquel inmenso hombre a la muchacha. Sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y con claros signos de haber sido golpeada, la chica negaba con la cabeza, la mirada llena de miedo.

Me llevé la mano a mi dolorida frente. Sangre. Alguien (¿Ignacio?) debía haberme golpeado. ¿Quizá aquel tipo? ¿Esa mujer?

Miré a mi alrededor. El inquisidor, en la pared de mi izquierda, junto a la puerta. Yo, tirado en el suelo, ante mí ventana y fuegos. Aquella mujer, en la pared, a mi derecha. Sólo había en la sala una silla, un escritorio debajo de la ventana, una cama a mi izquierda limitando mi visión y un baúl sobre el que la mujer intentaba apoyarse.

El primer disparo, que fue a dar en el baúl, coincidió con la explosión del azul y provocó los gritos de la mujer (¿Nuria?) que clamaba al borde de la histeria que ella no había robado aquella caja.

-¡Deja de tomarme por un idiota! –respondió el hombre. Tenía un acento extraño, la voz ronca y seca y (¿Acaso habían enviado al Ruso?) despedía un fuerte olor a tabaco.

-¡Te juro que no sé dónde metió la caja!

La respuesta de Nuria precedió al nuevo disparo, el de color dorado. Esta vez, la bala dio en la pared. Antes de hablar de nuevo, con el humo del disparo aún  (¿La caja? ¿Qué caja?) saliendo del cañón del arma, el Ruso caminó lentamente hacia Nuria, encañonándola.

-Esa ha sido mi última adverten…

El tipo reparó entonces en que yo había despertado. Su primera reacción fue un gesto de sorpresa de apenas un segundo de duración. Pasado ese segundo y olvidándose de Nuria, se abalanzó sobre mí, agarró la pechera de mi traje, me levantó del suelo con pasmosa facilidad y plantó el cañón frente a mi cara.

-¡Maldito hijo de perra! ¿Dónde está?

(Miente)

-Ignacio –respondí, calmado, sorprendido por mi propia voz como si fuera la primera vez que la hubiera oído-. Ignacio me golpeo y se llevó la caja.

¿Fue así? ¿Quién era Ignacio? ¿De qué caja me estaba hablando? No comprendía nada salvo que alguien, el Ruso, me estaba apuntando con un revólver y que otra persona, Nuria, se encontraría en pocos segundos en mi misma situación junto a mi cadáver aún caliente.

(La almohada)

-No te creo, Rubén, estoy harto de tus men…

Con un nuevo grito, esta vez lleno de rabia, Nuria embistió contra el Ruso: el tercer disparo coincidió con el verde.

Un golpe de dolor me sobrevino y, tras él, un pitido continuo que me impedía oír nada. La bala que salió despedida a escasos centímetros de mi cara se había estrellado contra el tabique. Por los pelos.

Silvia luchaba con el Ruso por conseguir el arma. Sus mordiscos y arañazos hicieron brotar sangre de la piel de aquella inmensa mole, pero el Ruso, inmenso, no era un contrincante que pudiera ser fácilmente sometido.

(La almohada)

Sin saber el porqué, impulsado por una repentina fuerza que me impedía permanecer allí agachado sufriendo las consecuencias del disparo en mi oído izquierdo, salté sobre la cama y busqué bajo la almohada. Fuera, en la calle, los fuegos estaban a punto de llegar a su fin.

El Ruso empujó a Silvia, despidiéndola  hacia la otra punta de la pequeña habitación, y con un hábil giro apuntó su arma hacia mí. El cuarto y último disparo tiñó el firmamento de rojo.

La automática escondida en la almohada disparó una bala que atravesó la cabeza del Ruso antes de que él pudiera apretar el gatillo. Cuando cayó al suelo, la ciudad estalló en gritos y aplausos. Las fiestas habían finalizado.

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