domingo, 1 de junio de 2008

Personajes secundarios

De noche la ciudad es naranja, y desde el ventanal de aquel restaurante el hecho era indiscutible.


Alicia acudió puntual a su gastronómico ritual. Tras salir del taxi y subir en ascensor hasta la vigésima planta -¿cómo superar los escalones con aquellos tacones?- entregó su fino abrigo al guardarropa, confirmó su reserva en la recepción y se sentó en la misma mesa que ocupaba el día quince de cada mes.


El pequeño puñado de rascacielos de los que podía presumir la ciudad se elevaban ante ella, poderosamente fríos, admirables… Alrededor, las luces de las farolas, los coches y las oficinas insomnes confirmaban su afirmación.


Desde allí, la noche era naranja.


No le hizo falta consultar la carta, y el camarero ni siquiera se la mostró. Sencillamente se acercó y se limitó a confirmar la rutina mensual: '¿Lo de siempre, señora?', 'Sí, por favor'.


La primera vez que cenó sola en aquel restaurante no pudo evitar manchar su servilleta de rímel al secarse una lágrima, consciente por primera vez en su vida de que la soledad era su destino. Tras asumir que su mejor amiga le había robado el hombre que amaba –tópico, cierto, pero no por ello menos doloroso-, decidió que la falta de compañía no era excusa para prescindir de una exquisita cena en un elegante restaurante. ¿Qué mejor remedio para las penas del alma que un buen solomillo precedido por caviar, regado todo ello con un buen caldo?


Llevaba 18 años recetándose ese tratamiento y podía asegurar que era muchísimo mejor que la enfermedad, por poco efectivo que fuese.


Mientras esperaba la llegada del sumiller, bajó su mirada a la calle. Tan sólo tres personas caminaban por ellas, insignificantes, anónimas… Personajes tan secundarios en su vida como ella acabó siéndolo de aquel hombre tan ciego o de Clara, la mujer que al hundirle aquella daga la empujó a dedicarse en cuerpo y alma a su trabajo, condenándose al aislamiento.


Cerró los ojos. Intentó calmarse. No volvería a ensuciar de rímel una servilleta.


No aquella noche de cálido color naranja.


***


Al meter la mano en el bolso se formó en su cabeza una imagen cruelmente nítida: las llaves se encontraban en su casa, en el pasillo, sobre el libro de Robin Cook; a tres pisos de ella y a dos puertas de distancia: la del portal y la de la del propio ático.


Eran las dos de la mañana, su móvil estaba sin batería, el taxi en el que había regresado estaba ya demasiado lejos y, por supuesto, hacía más frío del que sus galas podían contener.


Intentó pensar en alguien a quien recurrir, pero pedir ayuda en un día como aquel, con un estado anímico como el que entonces tenía, significaría verse obligada a abrir su alma ante un conocido para volverse vulnerable.


Y ser vulnerable significaba poder volver a ser dañada.


Por mucho que le incomodase, la solución más sencilla a su problema pasaba por recurrir a algún vecino, pero hacía sólo una semana que se había mudado y aún no había entablado conversación con ningún otro miembro de la comunidad.


Se acercó al portero automático y pulsó el botón del 3ºA, sus vecinos de la izquierda. En total eran sólo 8 viviendas, dos por planta contando el bajo, y si podía permitirse el lujo de molestar a alguien a aquellas horas lo más razonable parecía que fuera a ellos: en primer lugar, como castigo por no haberle dado la cordial bienvenida de rigor; en segundo, porque le sería más fácil subsanarles el daño a ellos que a los del segundo o el primero.


Pulsó el botón tres segundos y esperó. En aquel momento la madre se habría despertado, sobresaltada, le estaría dando un pequeño codazo a su marido para hacerle saber que alguien había llamado y, tras recibir como respuesta un molesto gruñido, se estaría levantando, poniéndose la bata, apresurándose al telefonillo y disponiéndose a preguntar ‘¿Quién…’.


Pero no se oyó nada.


Intrigada, Alicia retrocedió un par de pasos. Quizá la precavida señora había optado por mirar por la ventana de la terraza quién importunaba su sueño. Levantó la mirada hacia la tercera planta y, en efecto, una figura pareció asomarse para regresar al interior del piso en un abrir y cerrar de ojos.


La furtiva silueta no parecía la de una señora -o al menos no la de la señora imaginada-, pero señalaba que había alguien en la casa y que, además, ese alguien estaba despierto.


Alicia volvió a pulsar el botón, cuatro segundos esta vez.


Arriba, Tomás intentaba mientras tranquilizarse, sin saber qué hacer. De todas las horas de la noche, aquella desconocida había decidido visitar aquella casa precisamente en ese preciso momento. Cómo no.


Pensó en hacerse el sueco, en seguir a lo suyo fingiendo no estar allí, pero estaba claro que le había visto asomarse y el no hacer nada sólo podía complicar la situación. La segunda alternativa, la huida, era igualmente descartable: bien en la escalera, bien en el portal, el caso es que se encontraría con aquella mujer y la situación sería, si cabe, más ridícula.


Respirando hondo, levantó el tubo del telefonillo. Quizá pudiera solucionarlo todo hablando a través del aparato.


-¿Dígame? –preguntó, forzando una entonación natural.


-Buenas noches, perdone que le moleste… Soy su vecina de al lado, me llamo Alicia. Verá, me he dejado las llaves dentro y es para pedirle que me dejara llamar a un cerrajero.


-¿No nos conocemos? –inquirió nuevamente Tomás, y Alicia creyó detectar una extraño matiz de sorpresa en su voz.


- No… Me mudé hace sólo una semana, creo que no nos hemos presentado.


Durante unos segundos la conversación quedó en suspenso, cediendo todo el protagonismo al crepitante sonido estático del portero automático. ¿En qué demonios estaba pensando aquel tipo para no abrirle la puerta o, al menos, ponerle una excusa rápida?


-Sí, de acuerdo… Suba.


Sonó un fuerte zumbido, Alicia empujó la pesada puerta y entró en el portal. Curiosamente, si bien para ella los escasos tres minutos que le llevaron esperar el ascensor, subir y hacer acopio de ánimo para tocar el timbre fueron eternos, para Tomás no había tiempo suficiente para prevenir cualquier error que pudiera costarle caro.


¿Cómo se le había ocurrido dejarla entrar? Una vez, oyó que el hombre medio pensaba bien, pero tarde, y, mientras se apresuraba a tumbar y retirar los marcos de fotografías de las mesas y a acumular en uno de los dormitorios todo lo que causaba impresión de desorden en la sala principal, acudieron a su mente todo tipo de frases de disculpa a las que podía haber recurrido hacía unos segundos.


Sonó el timbre. Se miró al espejo. Apocado, ojeroso, cansado, vestido con jersey, vaqueros y botas oscuras. Desde luego, no inspiraba confianza.


-¡Un segundo! –gritó, sin preocuparse lo más mínimo por si su voz llegaba o no al otro lado de la puerta.


Entró en la primera habitación con la puerta abierta y se puso una bata. Afortunadamente, era de caballero.


-Perdóneme… ¿Le he despertado? –se disculpó Alicia nada más abrirse la puerta.


-No, no… tranquila. Y tutéame. Me llamo Joaquín.


-Encantada.


Se dieron la mano. Nada más retirarla, Alicia se apresuró a retirar de ella el sudor ajeno, más preocupada por lograrlo que por disimular el gesto.


-Bueno, pues aquí está el teléfono –indicó Tomás-. ¿Sabes cuánto tardarán en llegar?


-No… No he tenido nunca que llamar a un cerrajero. Vamos, no tengo ni número, pensé que quizá ust… vosotros tendríais.


Tomás se quedó mudo. Tampoco había pensado en eso. Cogió la agenda que había junto al teléfono y la abrió, deseando que la respuesta se mostrara sola ante sus ojos.


-Debe haber alguna tarjeta por aquí… Mi mujer es la que suele llevar estas cosas, ¿sabes?


-Lo mejor será buscar en las páginas amarillas, seguro que ahí vienen varios.


Ambos se miraron, extrañada la una por la apariencia agitada y el extraño comportamiento del uno; intimidado el uno ante la inoportuna presencia de la una. Tomás abrió las puertas del pequeño armario sobre el que reposaba el teléfono, pero no había nada. Entonces recordó que vio un calendario colgado de la cocina en el que había creído ver el teléfono de un fontanero. Seguramente también habría un cerrajero.


-Espera, voy a la cocina. Creo que allí hay teléfonos para estas cosas.

La pequeña figura de Tomás desapareció por la derecha y, abandonada, Alicia decidió curiosear por la izquierda. Allí pasaba algo extraño, y se arrepentiría toda su vida si no hacía nada por enterarse de qué era.


La sala parecía normal, sin polvo y con todo ordenado salvo un par de marcos de fotos que yacían tumbados, con la imagen oculta sobre la superficie de las estanterías.


Se acercó a una de ellas, y al levantarla se quedó sin respiración. Era imposible.


Delante tenía una sonriente fotografía de Clara, su traidora amiga.


-¡Lo encontré! –exclamó Tomás a sus espaldas


Alicia soltó el portafotos y el cristal se hizo añicos contra el suelo. El súbito y expresivo anuncio le había cogido desprevenida.


-Lo siento… Se me ha escurrido…


-Tranquila, ha sido culpa mía… Esta es mi mujer, Amanda –dijo mientras se apresuraba a recoger los pedazos.


La piel de Alicia se tornó pálida, su corazón se aceleró y su voz desapareció, todo en un instante. ¿Amanda? Aquella mujer era Clara, estaba segura… Reparó entonces en lo escalofriante de la posición de los marcos ¿Por qué estaban todas las fotografías ocultas? ¿Por qué se comportaba aquel tipo de forma tan extraña?


‘¿Estás bien?’, oyó que se le preguntaba, lejos. Musitó un sí e inventó una excusa relacionada con la cena.


-Llamo al cerrajero y te traigo un vaso de agua… Espero que no tarde mucho en llegar.


-Gracias…


Tomás abandonó la habitación, y Alicia aprovechó para levantar un nuevo marco. La fotografía había sido tomada el día de la boda de Clara y Gonzalo, y mostraba a ambos sonrientes posando ante la cámara en los jardines del restaurante.


Volvió a tumbar la foto y se puso en pie; tenía que salir de allí como fuera. Si se daba prisa podría alcanzar la puerta antes que aquel tipo, y una vez fuera sólo tendría que llamar a la puerta de otro vecino, o encerrarse en el ascensor hasta que la sacaran los bomberos: cierto que la espera podía ser claustrofóbica, pero era mejor que la alternativa que ser descuartizada…


Cielos. La idea no había pasado hasta entonces por su cabeza.


Se levantó de un salto y corrió hacia la puerta justo en el preciso instante en el que Tomás abandonaba la cocina. Como en un duelo al sol entre dos pistoleros, ambos se contemplaron, indecisos, inmóviles.


Tomás tomó la iniciativa al soltar el vaso e impulsarse hacia delante. Alicia se apresuró a alcanzar la puerta, dando incluso un pequeño grito de furia generado por la adrenalina. Pero cuando el vaso se estrelló contra el suelo comenzó a caer, sin entender por qué. El sonido del cristal resonaba en su cabeza, y conforme Tomás se aproximaba a ella, a cámara lenta, se preguntaba cada vez con más fuerza si lo que se había roto no era la realidad misma, si aquello no era sino un mal sueño del que despertaría en el portal, esperando todavía a que alguien le abriera la puerta.


No fue hasta que sintió el duro y gélido tacto de las baldosas en su costado que cayó en la cuenta de que sencillamente se había roto el tacón de su zapato. No obstante, tuvo poco tiempo para pensar en su reciente descubrimiento: Tomás la había levantado del suelo e, inmovilizándole los brazos por la espalda, le clavaba la punta de un pequeño cuchillo de cocina en el cuello.


-¡Por favor, no me haga daño! ¡Por favor! –suplicó Alicia. Se encontraban frente al espejo del pasillo, y a pesar de la posición pudo ver el reflejo de la mirada de Tomás, la expresión de su cara. De forma reveladora, le invadió la seguridad de que en aquel momento él tenía más miedo que ella.


-Tranquila… Tranquilízate, por favor –susurró él-. No voy a hacerte daño… Lo siento, de verdad, no tenía que pasar esto… ¡Se suponía que no habría nadie, que no vendría nadie! Por Dios, no voy a matarte, pero necesito que no hagas nada, por favor. Necesito que me prometas que no harás nada raro, ¿de acuerdo?


Ella asintió con la cabeza, y al hacerlo sintió el frío tacto del cuchillo al pinchar su carne. Tras una breve pausa, él la soltó.


-Lo siento, de verdad. No soy un ladrón, no me interesan el dinero ni las joyas, pero este hombre, Gonzalo Pereira… Me ha hecho daño, ¿comprendes? Tenía que darle un escarmiento. No era mi intención hacerte daño, si quieres yo mismo te abriré la puerta de tu casa, no tendrás que esperar que venga nadie, ¿de acuerdo?


Dos horas más tarde, Alicia se preguntaría cómo pudo hacer lo que hizo a continuación, cómo pudo pronunciar la frase que brotó de sus labios en aquel momento. Y no obtendría respuesta. Quizá fuera el tono de voz de aquel hombre, nervioso pero sincero; quizá su escuálida apariencia; o sencillamente el adictivo regusto del ansia de venganza que había experimentado al ver aquella foto de bodas… Jamás sabría qué fue, pero las palabras, con toda certeza, salieron de su boca.


-La dueña de esta casa también me hizo daño hace mucho tiempo. Y también Gonzalo. Tranquilo… No haré nada. Pero necesito pedirte un favor, necesito comprobar algo.


Tomás, boquiabierto, apenas pudo pronunciar un sí. Rápidamente, Alicia se dirigió hacia el mayor de los dormitorios y buscó entre los libros de una estantería un volumen: una enorme edición del Quijote.


-¿Qué haces? –preguntó Tomás.


-Hace años, Gonzalo guardaba en este libro sus papeles personales y su dinero. Es un animal de costumbres, sabía que seguiría haciéndolo.


-¿En un libro?


Alicia abrió la tapa para descubrir, en un hueco en el interior del libro producido por la mutilación de sus páginas, un par de pequeños cuadernos, sobres y un fajo de billetes de quinientos euros. Tomás contempló el contenido hipnotizado, los ojos como platos, y tardó en reaccionar cuando Alicia volcó todo aquello sobre la cama, cogiendo sólo los cuadernos y las cartas.


-Gonzalo y yo fuimos novios, y estos cuadernos contienen cosas que son sólo mías –afirmó con aplomo-. Sabía que los conservaría, aunque me negué a ello, aunque le pedí que los quemara… Así que esto me lo llevo; el resto es tuyo.


Tomás sólo movió la cabeza de arriba a abajo, superado por la situación.


-Ahora sí, por favor, si puedes ábreme la puerta… Tranquilo: no diré nada.


***


Clara apoyó el codo en la ventanilla del coche y se masajeó las sienes con la mano, relajada al fin… En un primer momento el robo le había provocado un sentimiento de vergüenza, de suciedad. Alguien había invadido su intimidad, revuelto cajones en los que guardaba secretos. Probablemente, incluso se habían burlado de sus fotografías, su diario, su gusto…


No obstante, tras descubrir que Alicia era la nueva inquilina del piso de al lado, el incidente le había dado un sólido argumento para proponerle a Gonzalo la mudanza.


¿Estaba huyendo? Sí, por supuesto. Los dieciocho años que había pasado junto a Gonzalo habían sido los más felices de su vida, de principio a fin. Por supuesto que había habido alguna que otra pequeña crisis, pero ninguno de los dos dudó nunca de que las superarían…


Hasta que descubrió la vecindad de Alicia. Podían ser imaginaciones suyas, ideas sin sentido, sí, pero juraría que cuando la intrusa y Gonzalo –SU Gonzalo- se miraron, el tiempo retrocedió hasta antes de que la venciese.


Sin dejar de inclinar su cuerpo sobre su lado del coche, abrió los ojos y le observó conducir. Deslizó la mano izquierda y la posó sobre la de él mientras cambiaba de marcha. Sorprendido por la caricia, Gonzalo la miró.


-¿Estás bien? –le pregunto, preocupado por cómo había podido afectarle a su esposa el ajetreo de los días previos.


- Sí, lo estoy. Es sólo que…


La frase quedó suspendida, temerosa de ser respondida.


-Te quiero, Clara –se adelantó Gonzalo.


Ella le sonrió, tomó su mano para besarla suavemente y volvió a llevarla hasta la palanca de cambios, prolongando su caricia.


Ninguna secundaria podría jamás interrumpir el eterno final feliz de su cuento. Ellos los protagonistas de la historia.



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