martes, 3 de junio de 2008

Perry Smith: las últimas horas

Son las ocho en punto de la tarde. Dentro de cuatro horas, Dick Hickcock y Perry Smith serán ahorcados por el asesinato de una familia en un pequeño pueblo de Kansas, hace seis años. En el exterior de la penitenciaría de Lansing el sol se retira; en su interior, hace mucho que es de noche. Mientras el agente Johnson abre las puertas del corredor de la muerte me pregunto cómo será hablar con un condenado a la horca en sus últimas horas. ‘Pase’, me dice el carcelero. Pronto lo sabré.


Es miércoles, catorce de abril, y me encuentro aquí para vivir con Perry Smith sus últimas horas de vida. Cuando me lo propuso en una de sus cartas le pregunté por qué quería hacerlo y por qué quería que fuera yo, y no otro, el que le acompañara. ‘Necesito que haya más testigos de cómo es todo esto’, fue su respuesta.


‘Hemos puesto a Hickcock en el otro extremo del corredor, para que usted y Smith tengan más intimidad’, me comenta Johnson. ‘Perry ha accedido a colocarse un arnés especial que limitará su movilidad dentro de la celda, así que mientras usted se mantenga cerca de la salida no habrá problema, podrá estar a salvo aun estando dentro con él’. El celador me dirige una última mirada entre la lástima y el desprecio que deja claro que, para él, estoy loco. ‘De todos modos estaré cerca’, añade finalmente mientras se da la vuelta.


Hasta este momento nunca había visto en persona a Smith, y si bien mis compañeros ya me habían hablado de lo extraño de su fisonomía, de la desmesurada desproporción existente entre lo delgado y corto de sus piernas y la fortaleza de su torso y sus brazos, el hombre que encuentro ante mí no se parece en nada al que me esperaba. Me presento y él, poniéndose en pie, me responde levantando sus muñecas en gesto de disculpa: de no estar limitada su movilidad, me estrecharía la mano. ‘Buenos días’, saluda. ‘¿Quiere tomar algo?’.


Me fijo en sus manos, manchadas de tinta y pintura, y en un cuadro a punto de terminar que descansa sobre un caballete en una esquina de la pequeña celda. ‘¿Quién es?’, curioseo refiriéndome al chico sonriente del lienzo. ‘Es el hijo de ‘Dagger’ Sullivan, un preso de los de abajo. Ahora tiene quince años, pero cuando se hizo la fotografía del cuadro tenía siete. Estos últimos meses me he dedicado a retratar en cuadros fotografías que me pasan los presos y los vigilantes, de sus familias… Es mejor que tumbarse y esperar’.


Se sienta en el catre, me ofrece un Pall Mall y, tras mi negativa, lo enciende. ‘¿Han sido duros estos años de espera?’, le pregunto. ‘Bastante. En todo este tiempo sólo le das vueltas a la cabeza para no llegar a ninguna parte. Ha habido días en los que he pensado en segarme la vida, y otros en los que sólo me venía a la mente la idea de escapar de aquí, o de hacer algo gordo sólo para ver cómo reaccionaban ahí fuera… Pero la mayoría de los días únicamente he visto pasar las horas, pensando, leyendo, dándole al pincel. Ya sabe’. ‘¿No te has sentido solo?’. Me mira, sonriendo. ‘¿Solo? ¡Para nada! George, Douglas, Andy, el propio Dick… Quizá no sean la mejor compañía que pudiera haber deseado, pero no he estado solo. También están los agentes, que por lo general son bastante atentos… Y las cartas. Es curioso cómo gente de todo el mundo te escribe, para bien o para mal, incluso gente que me conoció y que ahora me apoya, como Cullivan, un compañero del ejército que incluso declaró a mi favor en el juicio. Y, por supuesto, he hablado a menudo con Truman’.


Truman no es otro que Truman Capote, el escritor que durante los últimos meses ha investigado y relatado todos los acontecimientos relacionados con el asesinato de los Cluster. ‘Quizá sea demasiado directo al preguntarlo así, pero ¿por qué yo y no el Señor Capote para estar esta noche con usted?’, inquiero. ‘Porque necesito que alguien hable de mí, pero él ya me ha usado bastante. No quiero que mis últimas palabras sean para los oídos de un traidor’.


Justo en ese momento llega otro de los agentes, McNaggle, con la última cena: gambas, patatas fritas, pan de ajo, helado y fresas con nata. Johnson lleva a Hickcock una bandeja idéntica compuesta por los mismos platos. Una vez los agentes comienzan a retirarse intento seguir con la conversación, pero Smith cambia de tema.


‘Esta noche está todo muy silencioso, ¿sabe? Habitualmente se oye el ruido de las celdas de abajo, en el hoyo: los gritos de los presos, las voces de los guardias mandando silencio… De vez en cuando incluso nos lanzan alguna que otra perla a los que estamos aquí arriba. Pero las noches en que hay ejecución, todo es silencio. Es algo que me llama la atención’. La comida permanece intacta encima del pequeño escritorio del calabozo. Así seguirá a la mañana siguiente. Smith permanece en silencio, mirando por el pequeño ventanuco enrejado las nubes grises que comienzan a cubrir el cielo. Comento algo sobre los cuadros que ha pintado durante su estancia en el pasillo. Me enseña especialmente orgulloso uno de un pequeño pájaro amarillo que se posó un día en su ventana. ‘Fue una hermosa forma de despertar, la de aquel día’. En ese momento me pregunto si es realmente posible que el hombre que tengo delante haya matado sin motivo alguno a una familia inocente, cuatro personas, un matrimonio y dos niños.


Pero sí, lo hizo. A sangre fría. Uno detrás de otro.


‘¿Crees que has cambiado en estos cinco años en prisión, que ya no eres la persona a la que condenaron?’. ‘Por supuesto’, asevera con rotundidad. ‘Puede que en esencia quizá sea el mismo porque ya no pueda cambiar tanto cómo soy… Pero sí cómo actuar. No volvería a hacerlo, ni tan siquiera nada parecido, téngalo por seguro. Creo que aún puedo devolverle algo al mundo, ¿usted no? Mire mis cuadros… Puede que no sean obras de arte, es cierto, pero si me fuera dejaría de haberlos. ¿Acaso puedo hacer más mal al mundo?’.


La llegada del sacerdote me libra de tener que responder. Johnson me acompaña a una sala de espera, me ofrece un café y me deja solo para que tome algunas notas. Son las once cuando vuelven a dejarme entrar. Hickcock, cerebro del frustrado robo que terminaría saldándose con la vida de la familia Clutter, ya ha sido acompañado fuera de su celda para ser preparado para la horca.


‘Ya me he despedido de él’, me confiesa con resignación nada más regresar. ‘¿Cómo ha sido vuestra relación estos meses?’. ‘Tensa. Estábamos obligados a soportarnos. Pero creo que en el fondo nos culpábamos el uno al otro de lo que pasó. Últimamente ya no podíamos decir una palabra sin que el otro saltara’.

Hago acopio de valor y me preparo para lanzar las dos preguntas que he esperado hacer toda la noche. Suelto la primera como una exhalación. ‘¿Estáis realmente arrepentidos de lo que hicisteis?’. Smith vuelve a dirigir su vista a las nubes, saca un nuevo cigarrillo, suspira y responde mientras lo enciende. ‘No creo que sirva de nada arrepentirse. Ya no se puede cambiar lo que hemos hecho. Sólo sé que no volvería a hacerlo, que no volvería a hablar siquiera con Dick. Sin embargo, a veces me da miedo darme cuenta de que no lo siento por esa familia, sino que simplemente lamento haber hecho algo que sabía que estaba mal’.


Pausadamente, exhala una bocanada de humo. Un escalofrío me atraviesa el cuerpo y la segunda cuestión se me escapa de los labios. ‘Entonces, ¿por qué lo hiciste?’. Sin mover los ojos de las nubes vuelve a responder. ‘Porque en aquel momento no pude evitarlo’.


Comienza la ejecución de Hickcock. Nuestra posición nos impide ver nada, pero los sonidos, las voces y sobre todo los silencios llegan claros. Pasan unos minutos de la media noche y la luna ha comenzado a iluminar de plata todo Kansas. Llegan a nosotros las últimas palabras del condenado mientras Smith apura su último cigarrillo y, tras consumirlo, se mete un chicle en la boca y suspira. ‘¿Cuáles serán tus últimas palabras?’. ‘Lo cierto es que aún no lo he pensado’, me responde desde un lugar lejano. ‘Les diré que no creo que lo que van a hacerme esté bien. Les diré que aún puedo darle algo al mundo, ¿sabe? En cierto modo soy un artista, mucha gente me lo ha dicho… También les diré que lo siento. Aunque ya no sirva de nada’.


En ese momento McNaggie y Johnson vienen para llevárselo. Salgo de la celda, me giro y, al igual que cuando entré, Smith hace un gesto de despedida con sus manos atadas. ‘Muchas gracias’, me dice. ‘A ti, Perry’, le respondo. Me quedo solo en la hilera y, acompañando el sonido de la escotilla al abrirse, un trueno marca el final de la entrevista.

No hay comentarios: