sábado, 31 de mayo de 2008

Cuatro cuerdas

Deslizo los dedos por las cuerdas, acariciándolas. Agarro con firmeza el arco, suavemente. Cierro los ojos y me preparo para el sonido, para abstraerme. Lo último que oigo antes de la primera nota es tu voz... “¡No ceses!”. No podría hacerlo aunque quisiera. Cuando el violín comienza a sonar, todo lo que me rodea desaparece, sólo quedamos yo, la música... y los recuerdos.


Hoy hace exactamente dos meses desde que recibí tu última carta. Me decías en ella que no podíamos seguir escribiéndonos, que si realmente te quería, que si realmente deseaba conocerte y comprender el porqué de tu tristeza, debía emprender camino y superar la distancia que nos separaba


(... es por eso que necesito que vengas, que toques para nosotros, que toques por mí ante mi padre, que devuelvas a este castillo hoy lleno de sombras y tinieblas la luz y el color que antaño tuvieron, la vida que nos fue arrancada cuando se fue mi madre.

Sólo tus dedos, sólo tu música, Álvaro, pueden lograrlo...)


y liberarte.


Partí en cuarto menguante. Mi caballo desfalleció con la luna nueva, caminé con Selena creciendo y las fiebres me hicieron retrasarme hasta el umbral de verla llena. Cuando alcancé las puertas del castillo caí deshecho, balbuceando palabras sin sentido oyendo susurros en derredor de mí.


(¿Qué hacemos con él? ¿Qué murmulla? ¿Será el músico que espera el conde? Mira el instrumento que porta en su saco...)


Al despertar aún podía recordar tu última misiva: cada palabra, punto, trazo y matiz; cada borrón de tinta dejado por tu pluma. ¿Cuántas noches hace ya que tu voz me acompaña en sueños, entrecortada por el sufrimiento, leyéndome fragmentos de esas cartas? ¿Cuánto hace que mi cuerpo se nutre únicamente del sonido que emanan tus labios para atravesar mi alma? ¿Con qué conjuro hiciste que mi cordura quedara anclada a tu destino, lastrada inexorablemente al fondo de tu abismo?


(La Música fluye, Lucía, tal y como querías... La siento surgir impetuosa de lo más profundo de mi ser, la noto recorrer impetuosa mis arterias, por ti impulsada y a ti destinada, pugnando por salir

... despierta, cariño, abre los ojos. Sé que puedes oírme. No debiste haber venido, no debiste leer aquella última carta. Si despiertas, huye mientras puedas, huye sin mí... Y si no puedes despertar, no lo hagas y huye, huye lejos hacia la luz, huye de la oscuridad.

para iluminar todo este salón repleto de angustia, miedo, tormento; para vencer, vencer si aún es posible, y escapar juntos)


Cuando desperté no estabas. Tiritaba en aquella gélida habitación de invitados, tumbado desnudo en una inmensa cama vacía.

Iluminados por la luz de la luna, lo primero que vi al abrir los ojos fue el inmenso fresco del techo: una imponente ave de fuego me observaba colérica rodeando con sus alas una inmensa lámpara de plata. Me incorporé desconcertado y contemplé el resto del amplio dormitorio: las blancas sábanas de seda y el rojo y suave edredón, el suelo de negra roca, las paredes de pulida piedra gris; el armario, también de plata, como el tocador, la palangana, la silla y, frente a los pies de la cama, el balcón, cerrado.

Me levanté, caminé hacia él y, abriéndolo levemente, atisbé el paisaje. Erguidas, majestuosas, todopoderosas, se elevaban más allá del cielo ante mí las Montañas del Fin del Mundo.

Las contemplé, en silencio, absorto por la solemnidad de su altura y, lentamente, abrí el balcón, sintiendo el golpe gélido de la noche.

Salí.

No fue el frío, sino la visión que surgió ante mí lo que me causó el repentino vértigo y erizó subitamente el vello de mis brazos: la vista del cañón, de su anchura inconcebible a cientos de metros sobre el río. Apoyé la espalda en la barandilla y elevé la vista hacia lo alto del palacio. Las oscuras y grises piedras del castillo se elevaban cubiertas de musgo hasta las almenas. A izquierda y derecha de aquella descomunal pared, las dos torres de vigías. Me volví y miré hacia abajo. Tan sólo una planta más, una amplia terraza que parecía suspendida en el vacío, probablemente sujeta por pilares que escapaban a mi vista.



(Siento que algo me roza mientras toco, siento que algo lucha con fiereza contra mi música, que algo que está siendo fracturado quiere combatirla, callarla, hacer que desaparezca. Oigo voces que no son recuerdos, voces dolientes y dolorosas que me hablan en el presente de un pasado que creía sepultado; voces con puños y garras que me embisten, me añaran y fustigan con látigos de fuego; voces que me alejan del violín, de la melodía...

“¡Toca con más fuerza! ¡No te detengas, Álvaro, sigue!”

Tu voz entre todas ellas me devuelve la calma)


Aquella noche fue la última vez que recuerdo haberme sentido vivo en el castillo. Vagué durante dos días enteros entre sus muros sin que me dejaran verte, sin que nadie más que Gabriel, tu hermano, o los miembros del servicio se comunicara conmigo, arrestado en un ala del castillo con falacias y engaños que no comprendo como pude creer. Estaba siendo envenenado, dulcemente envenenado por las palabras de Gabriel, de las doncellas, de los mozos, del castillo entero: estaba siendo embaucado por su poder, absorbido por su embrujo.

Las pesadillas por la noche se sucedían. Espíritus, fantasmas de rostros deformes, de ojos vacíos y gesto atroz me asediaban en sueños haciendo imposible el descanso y tornando en locura la escasa razón que mi mente poseía durante el día. Os busqué inútilmente a ti y a tu padre durante aquellos dos días, impotente ante las excusas que deslizaba en mis oídos Gabriel, quien siempre alegaba que estabais ocupados, cansados o reunidos.


(Una de las cuerdas se rompe. Oigo el sonido del desgarro y entonces, indiscutiblemente claro, veo que no lo lograremos, que será imposible salir de aquí, escapar de esta cárcel de piedra. Continúo tocando, improvisando la canción sin saber cómo hacer para no emplear la cuerda ahora ya inexistente.

Sólo sigue tu corazon, Álvaro. Sólo sigue mi voz en tu pecho y ven hasta mí)


Encontré por fin un pasadizo y logré llegar al ala sur del castillo, verte, hablar contigo. Allí estabas, de pie: a pesar de tu palidez, la más bella imagen que jamás hubiera visto: tus ojos, enormes, brillantes, cautivadores; tu pelo, negro azabache, suave entre mis dedos; tu cuello, largo y terso... Nos besamos por primera vez con la misma fruición del respiro que sigue al ahogo y me pediste que te liberara, que sólo la música podía hacer que tu alma fuera por fin libre, que sólo yo podía darte por fin el descanso que llevaba siglos esperando, que todos vosotros merecíais y que tu padre y tu hermano os habían prohibido


(Llantos y gritos en todas partes, a izquierda y derecha, volando sobre mí, procedientes de espíritus que se estrellan los unos contra los otros en sus embistes, inconscientes de qué hacen ni dónde van, perdidos, más aún que yo, temerosos de lo que les espera)


hacía tanto tiempo. Te escucho y al sumergirme en la profundidad de tus ojos lo comprendo todo... Mas ya es tarde.


(Sigo ejecutando la pieza, tu pieza: ya falta poco. Sigo tu voz y me guía a través del caos hacia la luz, hacia la libertad. Siento las cuerdas tensas, frágiles. Temo olvidar que sólo ya quedan tres, que mis dedos fallen y busquen ese cuarto cordel fracturado, mudo. Temo olvidar que sólo ya quedan tres, que mis dedos fallen, que los fantasmas me den un último asalto letal)


Las paredes, el techo, el suelo; todo se mueve y cambia. Tu habitación se transforma en el salón de baile y las caras y los cuerpos de los cortesanos surgen de la nada, amenazantes. Mis pesadillas se hacen realidad. Rostros deformes, de cuencas vacías y atroz gesto de furia me asedian. Descubro la cara del conde y la seguridad de estar ante el demonio me invade, rojos sus iris, infernal el aura que le rodea.

¡Toca!

Traje el violín para tocarte una canción, para que escucharas la melodía que compuse para ti... Y ahora dependo de esta caja de madera para que salgamos con vida.

Interpreto el último movimiento sintiendo la cercanía del final, el abismo que me espera al final del pentagrama que recorro a toda prisa. Los espíritus se hartarán pronto de jugar conmigo y me atraparán, me arrancarán la vida y me convertirán en uno más de ellos, en un ser destinado a padecer cada día la misma tortura a la espera de que alguien que intente salvarme arriesgándose a sumirse en mi misma agonía.

Me esfuerzo en superar los calambres: sólo Dios sabe cuánto, cuánto, cuánto me cuesta mantener sólo tu nombre en mi cabeza, sólo tu música; cuánto apartarme de esta demencial burla a la vida.

Estirando el tiempo de la última nota llego al fin de la pieza. Termino. El ruido cesa. Acaban los gritos, los golpes. Pronuncio tu nombre y no hay respuesta. Abro los ojos.

Cada palabra, cada frase, cada súplica, cada trazo, cada línea, cada silencio en tus cartas... todo vuelve a mí en un instante, todos tus recuerdos arremeten contra mí. Solo y de pie en una sala vacía, lloro. Las heridas, la sangre... Todo me da igual. Las paredees están vacías y apenas filtra luz la luna en esta nublada noche.

'Espérame, Lucía...', musito.

Te he perdido y mi único consuelo es que, al fin, puedes descansar en paz.

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