viernes, 4 de abril de 2008

Una llamada

Todos los años la editorial suele celebrar una fiesta la noche después de Navidad, el día veintiséis, para celebrar las Pascuas todos juntos, como una gran familia feliz y bien avenida. El ágape consiste, básicamente, en una reunión de matrimonios y parejas reunidas para bailar música más o menos reciente, beber cava como locos y picar canapés y delicias varias mientras se participa en debates de temas importantes en los que todos se consideran expertos: quién ganará las elecciones, quién ganará la liga, a qué huelen las dichosas nubes…

Este año, como todos, acudí sola, armada para la batalla con un largo y sencillo vestido sin escote, el pelo liso y corto, pintada lo justo y sin alhaja alguna más allá de los pendientes de plata que me regaló mi abuela. Puesto que ésta era una reunión casi obligatoria, la misión era sobrevivir: estar el tiempo justo para hacer acto de presencia, dar un par de besos y abrazos, reír chistes sin gracia, charlar un poco y mostrarme interesada en cualquier tema, siempre sonriente. Por último, era vital para el éxito de la operación huir de allí antes de que diesen las doce para llegar a casa, poner la televisión y ver la primera película que echasen.


El móvil sonó a eso de las once y media. Pilar Méndez, mujer de un compañero a la que no había visto en mi vida y que un tipo me había presentado para quitársela de encima, me estaba contando cuánto trabajaba su marido, lo tarde que llegaba a casa y lo poco que veía a sus hijos el pobre: claro, se quedaba hasta tardísimo haciendo horas extra en la oficina –horas que nunca le pagaban y él nunca reclamaba, sacrificándose por el bien de la empresa- a pesar de que ni siquiera le agradecían el ímprobo esfuerzo con un mínimo ascenso que reconociese su valía y su…

Sentí la vibración del teléfono justo en el momento en el que me disponía a llevar a cabo un experimento sociológico: cómo reacciona una mujer al escuchar de labios de una desconocida a qué dedica su marido su tiempo y energía después del trabajo, y más concretamente, con quién. Seguro que no le sentaría muy bien a Pilar enterarse de que la linda muchacha que bebía una copa de cava detrás de ella era la beneficiaria de las duras horas extra que el señor de Méndez padecía (duramente y mirando siempre por la maximización de los beneficios de la empresa, por supuesto) en el motel de turno.

Mordiéndome la lengua, me disculpé ante la pobre Pilar por tener que abandonar su grata y agradable compañía y descolgué.

- ¿Diga?

- Hola, ¿Isabel? –la voz me resultó familiar, pero no la asocié a ningún rostro.

- Sí, ¿quién es? Espere…

Abandoné la zona en la que me encontraba para escapar del ensordecedor ruido de la música y salí a la terraza. Una pareja se abrazaba observando la luna llena que reinaba un cielo completamente despejado y repleto de estrellas. Tomando sensible conciencia del frío, deseé que la llamada durase poco para no quedar transformada en un cubito de hielo.

- Ya está, diga.

- No creo que te acuerdes de mí, ha pasado mucho tiempo… La verdad es que he pensado muchas veces en llamarte, pero al final siempre me echaba atrás. Soy Cristóbal, Cristóbal Sánchez.

Me asaltaron tantos recuerdos al escuchar aquel nombre que perdería el hilo de esta historia si los trasladara al papel. Cristóbal fue mi mejor amigo en el instituto, mi compañero, mi hermano, mi primer novio y amante. Éramos inseparables, uña y carne, -almas gemelas, si se me permite la cursilería-. La pareja ideal, vamos. Sin embargo, el tiempo pasó y nos fuimos separando: poco a poco perdimos nuestros amigos comunes, luego nos desentendimos el uno del otro, después cambiamos de ciudad, y así las típicas cartas diarias fueron paulatina y progresivamente dando paso a largas cartas semanales, cortos escritos mensuales, postales de vez en cuando, una tarjeta por Navidad y un definitivo “¿qué habrá sido de…?” cuya respuesta nunca nos molestamos en buscar. En aquel instante me inundó una ilusión infantil, casi tangible, acompañada de la consciencia de que aquella llamada podía ser lo mejor que me había pasado en mucho tiempo.

O, al menos, me lo pareció entonces. Minutos más tarde me daría cuenta de lo mucho que difería de la alegría el fin último de aquella llamada.

- ¡Cristóbal! ¡Claro que me acuerdo! ¿Qué tal? ¡Felices fiestas! ¿Cómo es llamar después de tanto tiempo?

- Ya ves, suponía que no te acordaría del día que es hoy… Nada, llamaba por una promesa que me hice hace mucho.

- ¿Una promesa? Oye, ¿y cómo has conseguido mi número?

La mención a la promesa me pasó inadvertida en un primer momento, solapada por mi repentino y fugaz ataque de felicidad, pero justo mientras pronunciaba la última sílaba de la palabra ‘número’ recordé una conversación que tuvimos, -¡¿hacía ya dieciocho años?!- mientras paseábamos por el Retiro.

- Me lo dio tu madre. Llamé a tu casa, al último teléfono tuyo que tenía, y tu madre me dio tu móvil. Lo de la promesa es más largo…

Aquel día acabábamos de salir del cine y, mientras paseábamos por el parque abrazados el uno al otro, no sé cómo, surgió el tema---

- … es una promesa que me hice. Te hablé una vez de ello, sobre lo que haría el día que cumpliera treinta y cinco. No creo que…

--- del futuro, de dónde nos veíamos de adultos, ya con treinta y tantos años; de cuál sería ---

- … te acuerdes.

--- nuestro destino. Me quedé paralizada, sin habla. Sí que recordaba la conversación, el cielo nublado, el viento, un frío tan lacerante como el que estaba sintiendo en aquel momento, consciente de lo que significaba que Cristóbal hubiese contactado conmigo. Por supuesto que recordaba ---

- Cristóbal, no lo hagas

--- su abrazo, distante, y aquellas palabras. “Sólo espero”, me dijo “no encontrarme solo, sin ---"

- Está decidido, Isabel. He hecho balance…

“--- nadie, sin nada que hacer ni nadie que me necesite, solo. A veces pienso en cómo será mi vida y he decidido que cuanto tenga treinta y cinco años me detendré a evaluarme a mí mismo, y si no tengo nada que me dé ánimos---“

- … y no he encontrado nada, Isabel, nada por lo que luchar o pelear, nada. Sólo he encontrado una gran casa vacía, repleta de objetos que no llenan.

- Cristóbal, no lo hagas. Dime dónde estás, voy allí y hablamos.

“--- acabaré con todo. No tiene sentido---“

- No, Isabel, ya es tarde. Llevamos más de diez años sin saber del otro y un reencuentro no serviría, no cambiaría nada. Sólo quería hablar contigo por última vez.

“--- seguir vivo si no hay por lo que vivir”.

- Cristóbal…

- Adiós, Isabel. Gracias por regalarme tu voz.

- ¡Cristóbal!

El disparo resonó en mi cabeza, el teléfono cayó al suelo y el grito, un chillido breve y agudo, salió de mi garganta antes de quedar muda. El mundo me desmayó al girar a mi alrededor

(Nota: La versión original de este relato fue publicada en el suplemento 'Aula' del diario El Mundo el 5 de febrero de 2003)

3 comentarios:

M. Lendínez dijo...

Me tienes enganchada a tus relatos y no tengo nada que objetar. Sé que llevas poco con el blog, pero tienes que mejorar algo en la estética porque no resulta demasiado atractivo.
Espero que nos veamos muy pronto. Un beso.

Arita dijo...

EStoy con María, te has pasado de austero. Por lo demás... Estoy esperando la siguiente entrega. Un beso.

CSolanillos dijo...

¡Muchas gracias a ambas! Tomo nota: próximamente (esto es, cuando pueda) intentaré meterle al blog un par de recursos más y mejorar el diseño, sobre todo el de la cabecera ;)