viernes, 25 de abril de 2008

El medidor de sueños

A lo largo de la historia, han sido numerosos los científicos que han dedicado su carrera a intentar cuantificar el peso de los sueños. No obstante, prácticamente ninguno ha logrado ser recordado, y en los pocos libros que tratan el tema con la debida seriedad tan sólo se repite permanentemente un nombre: el del físico islandés Hingings Kölh.

Este peculiar erudito asombró al mundo al crear la 'almohada': un sistema de ponderación que se empleó durante años para medir todo tipo de aspectos de las fantasías nocturnas. Los elementos constitutivos de esta herramienta fueron inicialmente dos kilos de plumas de ave y una tela -originalmente lisa y blanca- que las envolvía y compactaba.

El instrumento era endiabladamente sencillo en su mecanismo, y aún hoy sigue arrojando increíbles resultados. El sujeto apoya la cabeza en la almohada y, pasado un tiempo, abandona la vigilia para sumirse en un placentero descanso que le conduce, finalmente, al sueño. En ese momento, los finos filamentos de que constan las plumas recogen las imágenes elaboradas por el subconsciente del individuo y, sin emitir ruido alguno que pueda interrumpir el reposo, las acumulan ordenadamente en sus respectivos cálamos. Así, según señalan los trabajos de campo de Kölh, las almohadas de quienes sueñan más y mejor ganan con el tiempo más peso -al encontrarse más completas las plumas que las forman-, mientras que quienes duermen de un tirón sin apenas poner un pie en las etéreas tierras de Morfeo descansan sobre almohadas más ligeras.

La invención de este instrumento le valió a Kölh múltiples premios y el mérito del tratamiento de jefe de Estado, pese a que nunca llegó a discurrir un método para recuperar los sueños perdidos que atesoraba la almohada.

No obstante, como acostumbra a suceder en estos casos, llegó un momento a partir del cual el ciudadano corriente asumió la existencia de la almohada como algo habitual que, desde su perspectiva, había existido siempre y por siempre existiría. Debido a ello, pronto este hito tecnológico pasó a ocupar diversos papeles secundarios en la vida del ser humano.

Para los niños, por ejemplo, la almohada adopta el rol de protectora, de talismán contra aquellos desaprensivos monstruos nocturnos que acostumbraren a rondar por debajo de las camas, en el interior de los armarios o detrás de aquellas puertas que quedaren inoportunamente entrecerradas.

Para los adolescentes, el invento de Kölh es en realidad un sucedáneo de arma con el que es posible combatir contra un amigo -o amiga- sin peligro de sufrir ni infligir más daño que el derivado de un momentáneo desequilibrio posterior al impacto.

Los adultos tienden a valorar especialmente la almohada como consejera con la que consultan importantes decisiones, y conforme los años pesan, este pequeño saco de plumas -como cariñosamente lo calificaba el sastre que tejió el primer mecanismo de este tipo- gana importancia como punto de apoyo en la enfermedad.

Pero en cualquiera de estos casos, la almohada realiza permanentemente la labor para la que ha sido creada, y por ello sigue acumulando datos sobre unos sueños que, en gran medida, ella misma potencia: las almohadas son el traje con el que se visten los sueños.

Es por todo esto que hoy, mientras coloco sobre mi cama un nuevo mecanismo de ponderación elaborado con plumas de ánade, lamento que aún no se conozca fomar de recuperar de las blandas entrañas del dispositivo que, una vez repleto, me dispongo a retirar, todos los sueños que un día tuve.

¡Adiós, querida almohada! Protege y conserva por siempre los viajes que guardas dentro.

Leer más

lunes, 21 de abril de 2008

Madera para muñecos

No hace una hora que Kalit ha vuelto de ver al hombre por el que creció humillado, el hombre que jamás comprendió cómo su hijo pequeño era incapaz de seguir con la tradición y prefería tallar madera. '¿Cómo te puedes venir con la red vacía? ¿Crees que nos alimentarán esos muñequitos tuyos?'

Su anciano padre ya no puede andar: malvive en casa del primogénito con el dinero que Kalit les lleva cada semana. El negocio de la madera es cada vez más rentable, y pronto no necesitará siquiera trabajarla; probablemente, incluso podrá crear una red de comerciales.

Mientras maneja el hacha sonríe. Quienes hacen años le ridiculizaban ahora imitan su idea. Pescar no es rentable. Pescar requiere demasiado tiempo lejos de casa. Pescar es peligroso. Pescar es ahora sólo tarea de unos pocos remilgados incapaces de acallar la Voz.

Con la ayuda de dos de sus sobrinos comienza a tensar y fijar los listones que darán forma a la embarcación. Quizá no sea la más resistente de las que ha construido (la flexible madera joven es más difícil de obtener que la vieja, y el tiempo apremia), pero sí es lo suficientemente grande para soportar un centenar de clientes, y el color negro no sólo la hará invisible en la noche, sino que disimulará también los defectos. Al acabar el día estará lista... Incluso podría ser botada.

Oye la potente y grave voz de su ahijado, que le llama; a su lado, un chico de no más de diecisiete años le observa, desafío en la mirada. 'Este hombre quiere unirse al pasaje. ¿Hay sitio?'. Kalit ni siquiera mira al muchacho, sencillamente niega con la cabeza y continúa dando los últimos brochazos. Tras él, el joven pierde su fingida pose y le pide, desesperado, poder subir... Seiscientos mil francos consiguen convencer a Kalit: siempre ha sido un hombre comprensivo. El joven, que desconoce a qué Paraíso le conducirá el pasaje, respira aliviado.

Llega la noche. El viento del sur es buena señal: al menos esa noche no oirá la Voz, y siempre se consuela con el hecho de que hasta ahora nadie ha vuelto para saldar cuentas. Vuelve a sonreír. Kalit es un hombre afortunado. Jamás será un buen pescador, pero siempre ha disfrutado jugando con muñequitos que flotan en el mar.



Leer más

viernes, 4 de abril de 2008

Una llamada

Todos los años la editorial suele celebrar una fiesta la noche después de Navidad, el día veintiséis, para celebrar las Pascuas todos juntos, como una gran familia feliz y bien avenida. El ágape consiste, básicamente, en una reunión de matrimonios y parejas reunidas para bailar música más o menos reciente, beber cava como locos y picar canapés y delicias varias mientras se participa en debates de temas importantes en los que todos se consideran expertos: quién ganará las elecciones, quién ganará la liga, a qué huelen las dichosas nubes…

Este año, como todos, acudí sola, armada para la batalla con un largo y sencillo vestido sin escote, el pelo liso y corto, pintada lo justo y sin alhaja alguna más allá de los pendientes de plata que me regaló mi abuela. Puesto que ésta era una reunión casi obligatoria, la misión era sobrevivir: estar el tiempo justo para hacer acto de presencia, dar un par de besos y abrazos, reír chistes sin gracia, charlar un poco y mostrarme interesada en cualquier tema, siempre sonriente. Por último, era vital para el éxito de la operación huir de allí antes de que diesen las doce para llegar a casa, poner la televisión y ver la primera película que echasen.


El móvil sonó a eso de las once y media. Pilar Méndez, mujer de un compañero a la que no había visto en mi vida y que un tipo me había presentado para quitársela de encima, me estaba contando cuánto trabajaba su marido, lo tarde que llegaba a casa y lo poco que veía a sus hijos el pobre: claro, se quedaba hasta tardísimo haciendo horas extra en la oficina –horas que nunca le pagaban y él nunca reclamaba, sacrificándose por el bien de la empresa- a pesar de que ni siquiera le agradecían el ímprobo esfuerzo con un mínimo ascenso que reconociese su valía y su…

Sentí la vibración del teléfono justo en el momento en el que me disponía a llevar a cabo un experimento sociológico: cómo reacciona una mujer al escuchar de labios de una desconocida a qué dedica su marido su tiempo y energía después del trabajo, y más concretamente, con quién. Seguro que no le sentaría muy bien a Pilar enterarse de que la linda muchacha que bebía una copa de cava detrás de ella era la beneficiaria de las duras horas extra que el señor de Méndez padecía (duramente y mirando siempre por la maximización de los beneficios de la empresa, por supuesto) en el motel de turno.

Mordiéndome la lengua, me disculpé ante la pobre Pilar por tener que abandonar su grata y agradable compañía y descolgué.

- ¿Diga?

- Hola, ¿Isabel? –la voz me resultó familiar, pero no la asocié a ningún rostro.

- Sí, ¿quién es? Espere…

Abandoné la zona en la que me encontraba para escapar del ensordecedor ruido de la música y salí a la terraza. Una pareja se abrazaba observando la luna llena que reinaba un cielo completamente despejado y repleto de estrellas. Tomando sensible conciencia del frío, deseé que la llamada durase poco para no quedar transformada en un cubito de hielo.

- Ya está, diga.

- No creo que te acuerdes de mí, ha pasado mucho tiempo… La verdad es que he pensado muchas veces en llamarte, pero al final siempre me echaba atrás. Soy Cristóbal, Cristóbal Sánchez.

Me asaltaron tantos recuerdos al escuchar aquel nombre que perdería el hilo de esta historia si los trasladara al papel. Cristóbal fue mi mejor amigo en el instituto, mi compañero, mi hermano, mi primer novio y amante. Éramos inseparables, uña y carne, -almas gemelas, si se me permite la cursilería-. La pareja ideal, vamos. Sin embargo, el tiempo pasó y nos fuimos separando: poco a poco perdimos nuestros amigos comunes, luego nos desentendimos el uno del otro, después cambiamos de ciudad, y así las típicas cartas diarias fueron paulatina y progresivamente dando paso a largas cartas semanales, cortos escritos mensuales, postales de vez en cuando, una tarjeta por Navidad y un definitivo “¿qué habrá sido de…?” cuya respuesta nunca nos molestamos en buscar. En aquel instante me inundó una ilusión infantil, casi tangible, acompañada de la consciencia de que aquella llamada podía ser lo mejor que me había pasado en mucho tiempo.

O, al menos, me lo pareció entonces. Minutos más tarde me daría cuenta de lo mucho que difería de la alegría el fin último de aquella llamada.

- ¡Cristóbal! ¡Claro que me acuerdo! ¿Qué tal? ¡Felices fiestas! ¿Cómo es llamar después de tanto tiempo?

- Ya ves, suponía que no te acordaría del día que es hoy… Nada, llamaba por una promesa que me hice hace mucho.

- ¿Una promesa? Oye, ¿y cómo has conseguido mi número?

La mención a la promesa me pasó inadvertida en un primer momento, solapada por mi repentino y fugaz ataque de felicidad, pero justo mientras pronunciaba la última sílaba de la palabra ‘número’ recordé una conversación que tuvimos, -¡¿hacía ya dieciocho años?!- mientras paseábamos por el Retiro.

- Me lo dio tu madre. Llamé a tu casa, al último teléfono tuyo que tenía, y tu madre me dio tu móvil. Lo de la promesa es más largo…

Aquel día acabábamos de salir del cine y, mientras paseábamos por el parque abrazados el uno al otro, no sé cómo, surgió el tema---

- … es una promesa que me hice. Te hablé una vez de ello, sobre lo que haría el día que cumpliera treinta y cinco. No creo que…

--- del futuro, de dónde nos veíamos de adultos, ya con treinta y tantos años; de cuál sería ---

- … te acuerdes.

--- nuestro destino. Me quedé paralizada, sin habla. Sí que recordaba la conversación, el cielo nublado, el viento, un frío tan lacerante como el que estaba sintiendo en aquel momento, consciente de lo que significaba que Cristóbal hubiese contactado conmigo. Por supuesto que recordaba ---

- Cristóbal, no lo hagas

--- su abrazo, distante, y aquellas palabras. “Sólo espero”, me dijo “no encontrarme solo, sin ---"

- Está decidido, Isabel. He hecho balance…

“--- nadie, sin nada que hacer ni nadie que me necesite, solo. A veces pienso en cómo será mi vida y he decidido que cuanto tenga treinta y cinco años me detendré a evaluarme a mí mismo, y si no tengo nada que me dé ánimos---“

- … y no he encontrado nada, Isabel, nada por lo que luchar o pelear, nada. Sólo he encontrado una gran casa vacía, repleta de objetos que no llenan.

- Cristóbal, no lo hagas. Dime dónde estás, voy allí y hablamos.

“--- acabaré con todo. No tiene sentido---“

- No, Isabel, ya es tarde. Llevamos más de diez años sin saber del otro y un reencuentro no serviría, no cambiaría nada. Sólo quería hablar contigo por última vez.

“--- seguir vivo si no hay por lo que vivir”.

- Cristóbal…

- Adiós, Isabel. Gracias por regalarme tu voz.

- ¡Cristóbal!

El disparo resonó en mi cabeza, el teléfono cayó al suelo y el grito, un chillido breve y agudo, salió de mi garganta antes de quedar muda. El mundo me desmayó al girar a mi alrededor

(Nota: La versión original de este relato fue publicada en el suplemento 'Aula' del diario El Mundo el 5 de febrero de 2003)

Leer más