viernes, 28 de marzo de 2008

La Plaza del Péndulo


Tomás fue el último de la quinta en marchar del pueblo, y ahora, casi cincuenta años después de aquella noche en la que tomó el autobús que le trajo a Madrid, contemplando en el silencio vacío de su casa el reloj de péndulo que marca las diez de la noche, recuerda aquel día ---


Rafa lleva tres cuartos de hora esperando en la boca de metro a que el grupo dé alguna señal de vida. Si ha aguantado hasta ahora ha sido por Yolanda, la chica con la que flirtea desde hace un par de semanas y que ha sido quien le ha invitado… Pero ni ella ni nadie dan señales de vida o se dignan a responder a sus mensajes.

En un último intento de salvar la noche, Rafa decide llamarla por teléfono. ‘¿Dónde estáis? Llevo una hora esperando’ (…) ‘Joder… Daos prisa, por favor’ (…) ‘Va, venga, un beso’.

Al parecer la gente no se ponía de acuerdo en qué bebida comprar y, para mayor desesperación, el Tejo se ha estado dedicando a vacilar al chino de la tienda.


--- en que los pocos amigos que se encontraban en aquel momento en el pueblo decidieron celebrar una despedida en su honor. A las tres, siete horas antes de que tomara el autobús, le llevaron a la cueva de Paco y comenzaron a recordar, una tras otra, todas las aventuras que habían vivido juntos durante aquellos dieciséis años de existencia: los pequeños hurtos a los huertos del Segismundo; los gorriones cazados al vuelo gracias a certeros perdigones; los bailes en las fiestas de los pueblos cercanos… Entre chato y chato, pronto cayeron las dos primeras botellas, que no las últimas.


La Plaza del Péndulo era el lugar en el que habitualmente se reunían, y hacia allí se dirigían. Durante todo el camino Rafa se torturó con lo que había visto o creído ver entre Yolanda y el sujeto que era el Tejo: las miradas furtivas, las sonrisas y los gestos… Y como ella había pasado prácticamente por completo de él.

Al llegar a la Plaza, David le preguntó cuánto quería que le cargara el cubata. Mientras el líquido ascendía en el vaso de tubo y los hielos subían, flotando, Rafa contempló lleno de ira cómo Yolanda y el Tejo se daban el primer beso de la noche.

- Cárgalo un poco más, David; la noche va a ser larga.


Él apenas tomó: aquel día debía viajar más de doscientos kilómetros y no era nada conveniente; pero el Julián y el Santiago estaban poco sobrios cuando se apostaron veinte duros por ver quién podía trepar más alto el viejo olmo de la iglesia.

Marcharon los tres a la vez, dejando al resto celebrar ahora el reencuentro. Tomás giró hacia su casa para recoger la maleta y los dos apostantes siguieron recto por la cuesta, hacia la capilla.

Hasta que no lo leyó en una carta de su madre, pasada una semana, Tomás no tuvo noticia de lo que ocurrió después. Sus dos amigos llegaron hasta lo más alto de la copa del olmo para, desde allí, caer sobre un duro y frío suelo de piedras. Sólo Julián sobrevivió: su compañero se encontraba debajo.


Las formas se nublan y las voces que oye a su alrededor parecen tan lejanas que se confunden con sus pensamientos… ¿Por qué están juntos? ¿Por qué se siente tan solo? Desoyendo una voz interior que le dice que pare, decide dar un último trago. Sin embargo, el tubo no está en su mano. Se apoya en los dos tipos que siguen preguntándole cosas para levantarse, pero al hacerlo vuelve a caer.

Y esta vez, algo le impide volver a levantarse.


Tomás sabe dónde está su hijo, pero sabe que es responsable y que a él no le pasará nada. Sabe que ha oído esta historia muchas veces y conoce el peligro de salir sin control.

El reloj del salón marca una sola campanada. Su péndulo no se detiene.

Mientras el teléfono suena, un instante antes de descolgar, Tomás lamenta repentinamente no haberse despedido de su hijo cuando salió de casa aquella tarde.

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