lunes, 24 de marzo de 2008

Última parada

I

Niebla


¿Les gusta el cine? A mí me encanta. Todas las películas, sin excepción, me da igual si son buenas o malas. Al fin y al cabo, todas ellas entretienen, que es para lo que han sido creadas. Tuve una amiga, Alicia (quizá les haya ya hablado de ella; si no es así, pronto lo haré, descuiden), a la que también le apasionaba el séptimo arte, y juntos hicimos años ha una lista jamás trasladada al papel en la que recogimos los tópicos más comunes de todos los géneros.


Tópico número diez: estación de tren, de noche; una densa niebla que sólo permite vislumbrar las siluetas en un radio de siete metros exactos; un tren a cinco minutos de abandonar la vacía estación en la que, junto al gigantesco reloj, las farolas y los bancos, encontramos, como si fuera parte del conjunto del andén, al revisor que controla, asomado a una de las puertas de los vagones, que el tren no marche dejando atrás a algún retrasado pasajero; un hombre de pie, esperando a alguien, serio, con gabardina marrón, un maletín en su zurda y un cigarrillo sujeto entre los labios, con aire de ser un tipo inteligente, previsor y astuto.

(Alguno de ustedes pensará, erróneamente, que un seguro servidor no tiene abuela)

Formar parte de esta escena me hace, lógicamente, acordarme de Alicia… Sí, definitivamente les tendré que hablar de un par de las hazañas que logramos juntos, algún día de estos.

Tenía que haber llegado a las doce menos cuarto y su retraso comienza a impacientarme. Nunca llega tarde. Nunca nada le ha impedido ejecutar a la perfección un plan. Formamos ahora Marta y yo un equipo increíble: yo pongo la idea y los medios y ella hace el trabajo sucio. Yo solo jamás me atrevería a robar nada: me faltan agallas y sangre fría para ejecutar el delito; Marta, en cambio, tiene témpanos por sangre pero necesita de mi materia gris… ¿O no? En este momento, volviendo a consultar el reloj, comienzo a preguntarme si: A) algo le ha impedido llegar a la reunión (pregunta que me provoca un escalofrío) ó B) yo no soy tan indispensable (lo que me causa un escalofrío mayor).

El tercer escalofrío se produce cuando me doy cuenta de que es la primera vez en mucho tiempo que sufro dos escalofríos seguidos.

Tópico número doce. Alguien llega al andén. También lleva gabardina (he llegado a la conclusión de que debe venir a juego con la niebla) y un sospechoso aspecto que inspira poca confianza al ingenioso y, dicho sea de paso, gallardo hombre que espera. Sospechoso se acerca al revisor y le pregunta a qué hora sale el tren.

“Dentro de cuatro minutos”.

Sospechoso le da las gracias y se aleja lentamente de la puerta, incrementando la sospecha de Astuto.

Mientras Sospechoso enciende parsimonioso un cigarrillo, Astuto apura las últimas caladas del suyo.

Revisor mira el reloj de la estación de nuevo: quedan tres minutos para la salida del tren. La tensión se masca en el ambiente. Hasta Revisor, al que se le supone una cierta experiencia en estas lides, la siente.

Astuto tira los restos de su Ducados al suelo y, con un estilo que sólo se logra tras horas de pulimento frente al espejo, lo apaga con la suela en un rápido giro de tobillo.

En un radio de siete zancadas, tres hombres esperan a que las agujas corta y larga coincidan en señalar las XII.

Un servidor, como ya supongo que saben, no se considera estúpido, y tenía prevista la aparición de Sospechoso. De hecho, Sospechoso ya había intentado detenernos a Marta y a mí antes –lo había intentado incluso cuando trabajaba con Alicia-, pero el hecho de que nunca hubiera visto nuestras caras y de que Marta fuera capaz de actuar de tan sutil y sigiloso modo -hay quien realmente piensa en nosotros como fantasmas- le estaban haciendo perder credibilidad como policía, además de cordura y salud.

(Las úlceras que provoca el estrés no son demasiado recomendables)

Y ahora, mis queridos niños, permaneced especialmente atentos a los últimos minutos de esta historia.

La Dama (supongo que la imaginan, pues es el tópico número cuatro: elegante, deslumbrante, cuerpo de infarto cuya visión preceden los hipnóticos sonidos de unos tacones en la –eterna- niebla; un paso cadencioso que no deja lugar a la duda de que esta impresionante mujer es de armas tomar) aparece en escena, centrando hacia sí todas las miradas: Poli (anteriormente conocido como Sospechoso) la ve y, como hiciera previamente Astuto, aplasta con el pie su cigarrillo, preparándose para entrar en escena; Revisor la ve y, ante tal monumento, no puede sino sonreír para sí y mirar con complicidad a sus compañeros de espera; Astuto, por último, permanece impasiblemente atento a las reacciones de Revisor y Sospechoso, y sólo cuando comprende que es el momento se acerca a Dama.

“Llega en el último segundo”, le comenta Revisor a Dama, que entra en el vagón sin prestar atención a Sospechoso ni a Astuto, haciendo también caso omiso del comentario de Revisor.

Astuto, en ese momento, se da cuenta de que no es esa la dama -¿acaso puede haber otra?- a la que espera. Mira el reloj y los nervios se apoderan por completo de él. Se para en seco y Poli, que estaba a punto de entrar en acción, también se detiene, extrañado. Astuto lo nota y aumenta la tensión entre ambos.

¿Qué está ocurriendo?

Suena un largo y agudo pitido, el tren comienza a moverse. Revisor se apresura a meterse en el vagón tras advertir con la mirada a los otros dos personajes de esta historia de la salida del tren. Astuto, comprendiendo tarde que no ocurren las cosas como debieran, intenta alcanzar la última puerta por la que subir, pero Poli le sujeta por el hombro. Astuto se gira y se topa con el poco amigable gesto de Poli, que sujeta en la mano una pistola.

“Un pajarito me ha dicho que llevas algo interesante en el maletín. ¿Podría verlo?”.


II

Prólogo: conversación telefónica. 29 horas antes:


- ¿…seguro?

- Tranquilo. Se cree cazador y no presa, no sospecha nada y ha picado hasta el fondo.

- Es un cabrón. No tiene una neurona en su cabeza, pero el muy hijo de perra no para de jodernos a mi hermana y a mí.

- Modera ese lenguaje, haz el favor. Esto le dará un escarmiento de los gordos, pero Ibáñez no es idiota... aunque sea incapaz de pillarnos a Marta y a mí. En cuento se dé cuenta de que ha detenido al sujeto equivocado y de que el diamante es falso, lo pondrá en libertad.

- Siempre que se lleve antes una pequeña tunda me da exactamente igual si le sueltan. ¿Cómo estás tan seguro de que no meterá la pata?

- Vale que el chico no es especialmente espabilado, cierto, pero le han quedado claras las señas. En cuanto oiga “llega usted en el último segundo” se estará quietecito, y sólo cuando tenga claro que el contacto ha llegado –es decir, nunca- actuará. Ahora dime, ¿qué os ha hecho para que le apreciéis tan poco?

- Es algo entre nosotros y él. Tú sólo hazme este pequeño favor y estaremos en paz.

- Tú mismo, pero quiero que sepas que no me siento cómodo siendo el primer ladrón que le dice a la policía dónde podrán encontrarle si desean enchironarle.

- Míralo así: vuestra leyenda se hará más grande…


III

Epílogo: el tópico uno


- ¿Su billete, señorita? –le pregunto a Dama.

- Aquí tiene, revisor. Le sienta bien su uniforme –me responde, fingiendo una inusitada seriedad.

- Gracias, señorita... No sé qué responder.

Nos miramos y estallamos en una carcajada. El vagón está vacío. Apenas nadie viaja a esta hora, en este día de la semana, en esta época del año. Me lanzo sobre ella y la beso. La miro y me pregunto cómo pude dudar de que viniera. Me ama casi tanto como yo a ella.

- ¿Por qué tardaste tanto?

- ¿Sabes lo increíblemente difícil que ha sido encontrar un taxi? Hoy en día los taxistas recelan de recogerte si sales corriendo del banco con una careta y un par de bolsas con una gran ese tachada.

Abre su pequeño bolso, saca una diminuta bolsa de tela y la balancea con los dedos ante mis ojos. No necesito ver los diamantes para saber que están ahí.

- No me acostumbro a llamarte Marta…

Una sonrisa es su única respuesta. Algún día les hablaré de ella… Alicia es única.


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