lunes, 20 de octubre de 2008

Amore Morte

Angelines Amaro, Ramsés Radi, Sara Benito, Héctor Peinador y un servidor perpetramos este corto en julio, dentro de un curso del Círculo de Bellas artes coordinado por Pedro Pérez Jiménez. Los actores, que no cobraron, responden a los nombres de Beatriz Amaro y Lorenzo Ayuso.

(Gracias por colgarlo, Angelines)


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domingo, 5 de octubre de 2008

Fuegos artificiales

Con cada explosión, cientos de irisadas centellas inundaban el cielo para caer después en una lluvia cromada. Cada estallido de los fuegos de artificio que aquella noche clausuraban las fiestas llenaba de color no sólo la noche, sino también la habitación en la que me encontraba. Frente a la ventana, intentaba entender qué había ocurrido mientras un tipo de pelo cano amenazaba con un revólver a aquella joven de pelo corto azabache y cara tan familiar.

Sin embargo, la hipnótica luz de los fuegos me impedía recordar.


Me encontraba mareado, ni siquiera podía entender qué estaba preguntándole (gritándole)  aquel inmenso hombre a la muchacha. Sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y con claros signos de haber sido golpeada, la chica negaba con la cabeza, la mirada llena de miedo.

Me llevé la mano a mi dolorida frente. Sangre. Alguien (¿Ignacio?) debía haberme golpeado. ¿Quizá aquel tipo? ¿Esa mujer?

Miré a mi alrededor. El inquisidor, en la pared de mi izquierda, junto a la puerta. Yo, tirado en el suelo, ante mí ventana y fuegos. Aquella mujer, en la pared, a mi derecha. Sólo había en la sala una silla, un escritorio debajo de la ventana, una cama a mi izquierda limitando mi visión y un baúl sobre el que la mujer intentaba apoyarse.

El primer disparo, que fue a dar en el baúl, coincidió con la explosión del azul y provocó los gritos de la mujer (¿Nuria?) que clamaba al borde de la histeria que ella no había robado aquella caja.

-¡Deja de tomarme por un idiota! –respondió el hombre. Tenía un acento extraño, la voz ronca y seca y (¿Acaso habían enviado al Ruso?) despedía un fuerte olor a tabaco.

-¡Te juro que no sé dónde metió la caja!

La respuesta de Nuria precedió al nuevo disparo, el de color dorado. Esta vez, la bala dio en la pared. Antes de hablar de nuevo, con el humo del disparo aún  (¿La caja? ¿Qué caja?) saliendo del cañón del arma, el Ruso caminó lentamente hacia Nuria, encañonándola.

-Esa ha sido mi última adverten…

El tipo reparó entonces en que yo había despertado. Su primera reacción fue un gesto de sorpresa de apenas un segundo de duración. Pasado ese segundo y olvidándose de Nuria, se abalanzó sobre mí, agarró la pechera de mi traje, me levantó del suelo con pasmosa facilidad y plantó el cañón frente a mi cara.

-¡Maldito hijo de perra! ¿Dónde está?

(Miente)

-Ignacio –respondí, calmado, sorprendido por mi propia voz como si fuera la primera vez que la hubiera oído-. Ignacio me golpeo y se llevó la caja.

¿Fue así? ¿Quién era Ignacio? ¿De qué caja me estaba hablando? No comprendía nada salvo que alguien, el Ruso, me estaba apuntando con un revólver y que otra persona, Nuria, se encontraría en pocos segundos en mi misma situación junto a mi cadáver aún caliente.

(La almohada)

-No te creo, Rubén, estoy harto de tus men…

Con un nuevo grito, esta vez lleno de rabia, Nuria embistió contra el Ruso: el tercer disparo coincidió con el verde.

Un golpe de dolor me sobrevino y, tras él, un pitido continuo que me impedía oír nada. La bala que salió despedida a escasos centímetros de mi cara se había estrellado contra el tabique. Por los pelos.

Silvia luchaba con el Ruso por conseguir el arma. Sus mordiscos y arañazos hicieron brotar sangre de la piel de aquella inmensa mole, pero el Ruso, inmenso, no era un contrincante que pudiera ser fácilmente sometido.

(La almohada)

Sin saber el porqué, impulsado por una repentina fuerza que me impedía permanecer allí agachado sufriendo las consecuencias del disparo en mi oído izquierdo, salté sobre la cama y busqué bajo la almohada. Fuera, en la calle, los fuegos estaban a punto de llegar a su fin.

El Ruso empujó a Silvia, despidiéndola  hacia la otra punta de la pequeña habitación, y con un hábil giro apuntó su arma hacia mí. El cuarto y último disparo tiñó el firmamento de rojo.

La automática escondida en la almohada disparó una bala que atravesó la cabeza del Ruso antes de que él pudiera apretar el gatillo. Cuando cayó al suelo, la ciudad estalló en gritos y aplausos. Las fiestas habían finalizado.

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viernes, 8 de agosto de 2008

Pequeño viaje en metro

Su padre le frenó, cediendo el paso al resto de la gente que se agolpaba frente a la puerta del vagón, y sólo cuando hubieron entrado todos lo hicieron ellos. No tuvieron problemas para sentarse juntos, su padre en la esquina del bloque de cuatro asientos y él a su diestra, aferrándose todavía a su mano.


- ¿Cuántas estaciones son, papá? –preguntó Miguel.


- Tres. No es nada, pasan en seguida.


Miguel se fijó en el plano de metro que tenía enfrente, sobre la ventana, para contrastar lo dicho por su padre: en efecto, la distancia entre las tres estaciones era muy corta en comparación con la longitud de la larga línea que tenía que recorrer el tren, así que no llevaría mucho tiempo. Bajó entonces la vista y topó con él: un niño de su misma edad, quizá un poco mayor. Seis años y medio, aproximadamente.


Aquel niño llamó la atención de Miguel, en primer lugar, por llevar una gorra roja puesta del revés, como un rapero; en segundo, por vestir de domingo –con polo y zapatos- sin ser domingo; y por último, porque le miraba de una forma extraña. No era una mirada de desconocido, ni de curiosidad, ni de simpatía. Era una mirada distinta, parecida a la que a veces ponía su amigo Álex cuando iba a lanzarle un penalti y quería ponerle nervioso para que no lo parara. Sí. Era una mirada de tipo tú no estás a mi altura.


La sensación de sentirse observado de aquel modo era incómoda, no tanto porque se sintiese inferior como porque tenía miedo a que el otro se creyese realmente que así era. Por ello, desvió su atención hacia el padre del niño.


Aquel señor era mayor que su padre: tenía barba y tripa, mientras que su padre era delgado y tenía el rostro impecablemente afeitado. Además, lucía una elegante corbata, y Miguel sólo había visto a su padre con corbata en la boda de su tío Emilio.


El tren comenzó a detenerse, y al abrirse las puertas bajó el mismo número de personas que las que entraron: al igual que antes, tocaban a una persona por asiento, y todos estaban ocupados a excepción del que se encontraba a su lado. El dueño legítimo del hueco seguía de pie.


Era un hombre de aspecto mísero -como decía su tía Concha de su padre cuando iba a casa de visita y él no estaba- que llevaba una bolsa de deporte colgada de un hombro. Parecía mucho mayor que su padre o el hombre de la corbata, llevaba una perilla canosa y descuidada y vestía ropa vieja. No hizo amago de sentarse mientras el resto de los viajeros se acomodaban, y sólo cuando sonó el silbato de advertencia pareció percibir la existencia del resto de la gente.


Repentinamente, tan pronto comenzaron a cerrarse las puertas, el recién llegado abrió la bolsa, sacó algo pequeño de ella y se lo entregó al niño de la gorra roja. Sin que Miguel tuviera tiempo de fijarse en qué era aquel objeto, el hombre se giró ágilmente hacia él y, como un relámpago, colocó entre sus manos otro elemento sacado de aquella bolsa. A continuación, sin detenerse, siguió avanzando por el vagón repitiendo la operación con cada pasajero.


Miguel abrió sus manos, que se habían cerrado mecánicamente alrededor del objeto, y lo miró. Era un pequeño perro de peluche, un diminuto y sonriente perro afelpado de color marrón de cuya cabeza surgía una pequeña cadena metálica acabada en ventosa. Una ventosa como la de las flechas de su pistola de juguete.


Boquiabierto por lo inesperado del regalo, examinó la reacción del niño de mirada aviesa –esa palabra no sabía muy bien qué significaba, pero la usaba su padre cuando hablaba de su tía Concha-, que parecía estar tan estupefacto como él. Sólo que con un conejo azul entre sus manos en lugar de un cánido marrón.


Sin embargo, lo que más sorprendió a ambos chicos estaba aún por llegar: el hombre de la bolsa llegó al final del vagón y, dirigiéndose a todos los presentes, habló con voz potente.


- ¡Buenos-días, señores, y-disculpen-las-molestias-que-les-ocasione! –saludó, vocalizando mucho pero sin dejar pausa entre las palabras-. No-tengo-dinero, ni-trabajo, pero-tengo-tres-hijos-que-mantener. Podría-robar-o-pedir, pero-prefiero-llevar-a-mi-hogar-un-pan-ganado-honradamente-vendiendo-estos-muñecos. Si-desean-colaborar-les-estaré-agradecido.


Guardó silencio un par de segundos y habló de nuevo, más bajo, pero espaciando mucho más cada vocablo.


- Muchas gracias, y disculpen de nuevo las molestias.


La cadena de acontecimientos se desarrolló entonces mucho más rápido de lo que Miguel hubiese deseado. El hombre comenzó a desandar el camino recorrido y, para sorpresa del niño, recogía a su paso los muñecos de quien no le daba una moneda. Se giró hacia su padre, pero éste parecía estar demasiado ocupado consultando algo en su móvil.


- ¡Papá! –oyó decir al niño vestido de domingo-. Papá, ¿me lo compras?


- No, Adrián –respondió secamente el señor de la corbata. Y Miguel pensó que ya estaba. Punto. Cuando un padre dice ‘no’ es ‘no’, y punto. Una madre puede ceder tras un par de ‘noes’, incluso después de tres, pero un ‘no’ paterno es un…


- ¡Pero papáaaaaaaa…! Yo lo quiero…


El hombre de la bolsa estaba ya cerca.


- Tsk… -se quejó el barbudo progenitor, llevándose la mano al bolsillo para desconcierto de Miguel. ¿Cómo podía ser aquello? ¿Cómo podía un padre ceder así?


Los ojos de ambos niños se encontraron y Miguel volvió a encontrar aquella mirada, esta vez acompañada de una sonrisa de regocijo.


Aquel crío acababa de chutar y Miguel tenía que detener ese penalti.


- Papá… -musitó tímidamente.


- No, hijo. Lo siento, pero no podemos andar comprando cosas –saltó su padre, calmada pero firmemente.


Fin. Nada que hacer. Gol en contra… Cuando el señor de la bolsa le arrebató de las manos el perrito marrón no sintió nada: era como si sacaran el balón de la red. Lo que le dolía de veras no era que el esférico hubiese entrado en la portería, que aquel niño de gorra roja tuviera el pequeño peluche y él no, sino el no haber podido hacer nada: la sensación de impotencia, el que aquel repelente niño tuviese razón. Él era superior y Miguel, inferior. El conejo azul era sólo un trofeo, un producto de aquella realidad y no la causa de su pena.


Con un nudo en la garganta, contempló aquel roedor sintético y agachó la cabeza ante la malévola sonrisa del crío disfrazado de domingo. Ajeno al resto del mundo, ni siquiera percibió cómo el señor de los peluches se bajaba en la siguiente estación, cómo se producía una nueva transferencia de viajeros entre el tren y la estación, y cómo esta vez entraban dos personas más de las que salían.


- Deja sentarse a las señoras, Miguel –le exhortó su padre, poniéndose en pie. Una señora embarazada y otra mujer que parecía su madre acababan de entrar en el vagón, y su padre les estaba cediendo el asiento. ¡Encima! Después de encajar el gol, el entrenador le sustituía.


- Muchas gracias –respondieron al unísono ambas damas.


- No hay de qué: nos bajamos en ésta –justificó su padre.


Miguel le soltó la mano y se agarró a la barra. Intentaba darle la espalda, pero eso hubiera significado darle la cara al dichoso niño de la gorra roja y el conejo azul, por lo que optó por mirar al suelo. Su tía tenía razón: su padre no se preocupaba por ellos. No le importaba hacerle quedar como un niño imbécil delante del imbécil del niño aquel, y no le importaba que estuviese de pie para quedar bien delante de aquel proyecto de abuela. Sólo le importaba… en fin, sólo le importaba hacer lo que según él había que hacer porque sí.


Miró de reojo y vio a su padre dedicarle una pequeña sonrisa, al tiempo que apoyaba la mano en su hombro. Volviendo a bajar la vista al suelo, sacudió ligeramente el cuerpo para librarse de la caricia y echó un nuevo vistazo por el rabillo del ojo para observar la reacción de su padre. La sonrisa había mutado en una mueca de extrañeza y reprobación, fruncimiento de ceño incluido.


Miguel se sintió entonces levemente molesto consigo mismo, pero no lo suficiente para olvidar lo ocurrido.


Llegaron a la estación. Paulatinamente, el tren terminó por quedar quieto, las puertas se abrieron y Miguel y su padre se dispusieron a recorrer el andén. Al poco de salir, Miguel alcanzó a oír al hombre de la corbata indicar a su hijo que ésa era también su parada. Estupendo… Le tocaría subir todos los pisos con aquel niño pegado a su nuca.


Fue entonces cuando tuvo lugar el accidente. Sonó el silbato, Encorbatado y Engorrado cruzaron la puerta y, mientras ésta se cerraba, el pie del señor se hundió en el hueco entre coche y andén.


- ¡Papá! –aulló entonces el niño de los zapatos, dejando caer su recién adquirido roedor.


Al oír el grito, Miguel se giró, sobresaltado, al tiempo que su padre corría con premura para socorrer al hombre caído. Para pasmo del niño, nadie en el vagón pareció reparar en la situación. Las puertas estaban ya cerradas y el tren iba pronto a iniciar su marcha, lo que se intuía poco ventajoso para la mejora de la situación. Había que hacer algo, y él era el único que parecía haber advertido el peligro.


Como un rayo, Miguel inició una carrera hacia la cabecera del tren. Tenía que advertir al conductor del daño que podría provocar si ponía en movimiento el tren antes de que su padre rescatara al hombre de la barba, y debía hacerlo con premura. Tras pasar el primer vagón, sus pies apenas necesitaban rozar el suelo para mantener la inercia de la explosiva aceleración inicial: unos pocos segundos le bastaron para alcanzar la ventanilla del maquinista con su minúscula mano, frenar bruscamente, y hacerle notar al piloto que algo ocurría.


- ¡Un hombre se ha caído al salir! –exclamó con fuerza Miguel.


El conductor le observó con extrañeza, echó un vistazo al retrovisor del túnel, se colocó las gafas que colgaban de su pecho y, al darse cuenta de lo que ocurría, se dio la vuelta para abandonar la cabina. Miguel no esperó a que saliera: volvió a volar, esta vez en sentido opuesto, para intentar asistir a su padre. Cuando llegó, un par de zancadas antes que el maquinista, el hombre de la corbata se encontraba ya sano y salvo, agradeciendo a su padre el socorro prestado.


En ese momento, volvió a reparar en la presencia del niño de la gorra, que le estudiaba con una mezcla de asombro, agradecimiento y temor en sus ojos. Lentamente, los zapatos del niño comenzaron a avanzar hacia el conejo que yacía todavía en el suelo, y justo antes de que se agachara para recuperarlo, su mirada volvió a mutar, contaminándose de desconfianza y recelo. Apretó con fuerza el conejo y, sosteniendo un poco más su escrutinio, se dispuso a abrazar a su barbudo y torpe padre.


- Vamos, hijo… Estoy bien. Y muchas gracias de nuevo, señor.



- No hay de qué, hombre.


El conductor se encaminó a la cabina, los curiosos que –ahora sí- se habían puesto en pie para contemplar el espectáculo comenzaron a sentarse, el señor con corbata y el niño del conejo emprendieron el camino hacia las escaleras mecánicas, y el padre de Miguel se agachó para atarse el cordón del zapato ante la fascinada mirada de su hijo.


- Has corrido rapidísimo, Miguel –le felicitó el padre, con orgullo-. Parecías un superhéroe.


Miguel sonrió, henchido de admiración.


- ¿Le hemos salvado la vida a ese hombre, papá? –preguntó, entusiasmado ante la idea de haber actuado como un equipo de superhombres. Su padre pareció meditar la respuesta unos segundos, y al ponerse de pie para responder, Miguel tuvo la sensación de encontrarse ante un gigante.


- Quién sabe, hijo. Hemos hecho lo que se tenía que hacer –respondió, y aquellas palabras quedaron grabadas para siempre en la joven mente del niño, asociadas a la imagen de su padre como un valiente titán que sabía atarse los cordones con extraordinaria destreza.


De camino a la salida, al subir a las escaleras mecánicas, Miguel aún volvió a cruzar una última mirada con el niño de la gorra roja, que se encontraba ya en lo más alto de la escala móvil. Desde su elevada perspectiva, el crío volvía a dirigirle aquella mirada de superioridad que hacía unos minutos le había incomodado, pero esta vez había un matiz distinto, de animal herido, que hizo que Miguel sintiese un poco de pena. Antes de desaparecer, el tal Adrián alzó el conejo como símbolo de su superioridad.


Sonriendo despreocupado, Miguel respondió cogiendo a su padre de la mano.


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jueves, 31 de julio de 2008

(Paciencia)

Llevo dos meses desaparecido, principalmente debido a los exámenes –especialmente en junio- y el trabajo –especialmente en julio-. Sin embargo, algo he hecho este tiempo.

Como aperitivo, enlazo a algunas entradas que he escrito últimamente en la bitácora de Gotty y Araceli sobre series y actualidad televisiva, Spoilertown, en la que –en principio- postearé con cierta asiduidad durante el mes de agosto:

  • Apadrina un espóiler (aquí)

  • Spin-off del olor de las nubes (aquí)

  • ¿Y si los Brady hubiesen acabado como los Serrano? (aquí)

Esta semana intentaré actualizar un par de veces. Luego…


A saber.

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martes, 3 de junio de 2008

Perry Smith: las últimas horas

Son las ocho en punto de la tarde. Dentro de cuatro horas, Dick Hickcock y Perry Smith serán ahorcados por el asesinato de una familia en un pequeño pueblo de Kansas, hace seis años. En el exterior de la penitenciaría de Lansing el sol se retira; en su interior, hace mucho que es de noche. Mientras el agente Johnson abre las puertas del corredor de la muerte me pregunto cómo será hablar con un condenado a la horca en sus últimas horas. ‘Pase’, me dice el carcelero. Pronto lo sabré.


Es miércoles, catorce de abril, y me encuentro aquí para vivir con Perry Smith sus últimas horas de vida. Cuando me lo propuso en una de sus cartas le pregunté por qué quería hacerlo y por qué quería que fuera yo, y no otro, el que le acompañara. ‘Necesito que haya más testigos de cómo es todo esto’, fue su respuesta.


‘Hemos puesto a Hickcock en el otro extremo del corredor, para que usted y Smith tengan más intimidad’, me comenta Johnson. ‘Perry ha accedido a colocarse un arnés especial que limitará su movilidad dentro de la celda, así que mientras usted se mantenga cerca de la salida no habrá problema, podrá estar a salvo aun estando dentro con él’. El celador me dirige una última mirada entre la lástima y el desprecio que deja claro que, para él, estoy loco. ‘De todos modos estaré cerca’, añade finalmente mientras se da la vuelta.


Hasta este momento nunca había visto en persona a Smith, y si bien mis compañeros ya me habían hablado de lo extraño de su fisonomía, de la desmesurada desproporción existente entre lo delgado y corto de sus piernas y la fortaleza de su torso y sus brazos, el hombre que encuentro ante mí no se parece en nada al que me esperaba. Me presento y él, poniéndose en pie, me responde levantando sus muñecas en gesto de disculpa: de no estar limitada su movilidad, me estrecharía la mano. ‘Buenos días’, saluda. ‘¿Quiere tomar algo?’.


Me fijo en sus manos, manchadas de tinta y pintura, y en un cuadro a punto de terminar que descansa sobre un caballete en una esquina de la pequeña celda. ‘¿Quién es?’, curioseo refiriéndome al chico sonriente del lienzo. ‘Es el hijo de ‘Dagger’ Sullivan, un preso de los de abajo. Ahora tiene quince años, pero cuando se hizo la fotografía del cuadro tenía siete. Estos últimos meses me he dedicado a retratar en cuadros fotografías que me pasan los presos y los vigilantes, de sus familias… Es mejor que tumbarse y esperar’.


Se sienta en el catre, me ofrece un Pall Mall y, tras mi negativa, lo enciende. ‘¿Han sido duros estos años de espera?’, le pregunto. ‘Bastante. En todo este tiempo sólo le das vueltas a la cabeza para no llegar a ninguna parte. Ha habido días en los que he pensado en segarme la vida, y otros en los que sólo me venía a la mente la idea de escapar de aquí, o de hacer algo gordo sólo para ver cómo reaccionaban ahí fuera… Pero la mayoría de los días únicamente he visto pasar las horas, pensando, leyendo, dándole al pincel. Ya sabe’. ‘¿No te has sentido solo?’. Me mira, sonriendo. ‘¿Solo? ¡Para nada! George, Douglas, Andy, el propio Dick… Quizá no sean la mejor compañía que pudiera haber deseado, pero no he estado solo. También están los agentes, que por lo general son bastante atentos… Y las cartas. Es curioso cómo gente de todo el mundo te escribe, para bien o para mal, incluso gente que me conoció y que ahora me apoya, como Cullivan, un compañero del ejército que incluso declaró a mi favor en el juicio. Y, por supuesto, he hablado a menudo con Truman’.


Truman no es otro que Truman Capote, el escritor que durante los últimos meses ha investigado y relatado todos los acontecimientos relacionados con el asesinato de los Cluster. ‘Quizá sea demasiado directo al preguntarlo así, pero ¿por qué yo y no el Señor Capote para estar esta noche con usted?’, inquiero. ‘Porque necesito que alguien hable de mí, pero él ya me ha usado bastante. No quiero que mis últimas palabras sean para los oídos de un traidor’.


Justo en ese momento llega otro de los agentes, McNaggle, con la última cena: gambas, patatas fritas, pan de ajo, helado y fresas con nata. Johnson lleva a Hickcock una bandeja idéntica compuesta por los mismos platos. Una vez los agentes comienzan a retirarse intento seguir con la conversación, pero Smith cambia de tema.


‘Esta noche está todo muy silencioso, ¿sabe? Habitualmente se oye el ruido de las celdas de abajo, en el hoyo: los gritos de los presos, las voces de los guardias mandando silencio… De vez en cuando incluso nos lanzan alguna que otra perla a los que estamos aquí arriba. Pero las noches en que hay ejecución, todo es silencio. Es algo que me llama la atención’. La comida permanece intacta encima del pequeño escritorio del calabozo. Así seguirá a la mañana siguiente. Smith permanece en silencio, mirando por el pequeño ventanuco enrejado las nubes grises que comienzan a cubrir el cielo. Comento algo sobre los cuadros que ha pintado durante su estancia en el pasillo. Me enseña especialmente orgulloso uno de un pequeño pájaro amarillo que se posó un día en su ventana. ‘Fue una hermosa forma de despertar, la de aquel día’. En ese momento me pregunto si es realmente posible que el hombre que tengo delante haya matado sin motivo alguno a una familia inocente, cuatro personas, un matrimonio y dos niños.


Pero sí, lo hizo. A sangre fría. Uno detrás de otro.


‘¿Crees que has cambiado en estos cinco años en prisión, que ya no eres la persona a la que condenaron?’. ‘Por supuesto’, asevera con rotundidad. ‘Puede que en esencia quizá sea el mismo porque ya no pueda cambiar tanto cómo soy… Pero sí cómo actuar. No volvería a hacerlo, ni tan siquiera nada parecido, téngalo por seguro. Creo que aún puedo devolverle algo al mundo, ¿usted no? Mire mis cuadros… Puede que no sean obras de arte, es cierto, pero si me fuera dejaría de haberlos. ¿Acaso puedo hacer más mal al mundo?’.


La llegada del sacerdote me libra de tener que responder. Johnson me acompaña a una sala de espera, me ofrece un café y me deja solo para que tome algunas notas. Son las once cuando vuelven a dejarme entrar. Hickcock, cerebro del frustrado robo que terminaría saldándose con la vida de la familia Clutter, ya ha sido acompañado fuera de su celda para ser preparado para la horca.


‘Ya me he despedido de él’, me confiesa con resignación nada más regresar. ‘¿Cómo ha sido vuestra relación estos meses?’. ‘Tensa. Estábamos obligados a soportarnos. Pero creo que en el fondo nos culpábamos el uno al otro de lo que pasó. Últimamente ya no podíamos decir una palabra sin que el otro saltara’.

Hago acopio de valor y me preparo para lanzar las dos preguntas que he esperado hacer toda la noche. Suelto la primera como una exhalación. ‘¿Estáis realmente arrepentidos de lo que hicisteis?’. Smith vuelve a dirigir su vista a las nubes, saca un nuevo cigarrillo, suspira y responde mientras lo enciende. ‘No creo que sirva de nada arrepentirse. Ya no se puede cambiar lo que hemos hecho. Sólo sé que no volvería a hacerlo, que no volvería a hablar siquiera con Dick. Sin embargo, a veces me da miedo darme cuenta de que no lo siento por esa familia, sino que simplemente lamento haber hecho algo que sabía que estaba mal’.


Pausadamente, exhala una bocanada de humo. Un escalofrío me atraviesa el cuerpo y la segunda cuestión se me escapa de los labios. ‘Entonces, ¿por qué lo hiciste?’. Sin mover los ojos de las nubes vuelve a responder. ‘Porque en aquel momento no pude evitarlo’.


Comienza la ejecución de Hickcock. Nuestra posición nos impide ver nada, pero los sonidos, las voces y sobre todo los silencios llegan claros. Pasan unos minutos de la media noche y la luna ha comenzado a iluminar de plata todo Kansas. Llegan a nosotros las últimas palabras del condenado mientras Smith apura su último cigarrillo y, tras consumirlo, se mete un chicle en la boca y suspira. ‘¿Cuáles serán tus últimas palabras?’. ‘Lo cierto es que aún no lo he pensado’, me responde desde un lugar lejano. ‘Les diré que no creo que lo que van a hacerme esté bien. Les diré que aún puedo darle algo al mundo, ¿sabe? En cierto modo soy un artista, mucha gente me lo ha dicho… También les diré que lo siento. Aunque ya no sirva de nada’.


En ese momento McNaggie y Johnson vienen para llevárselo. Salgo de la celda, me giro y, al igual que cuando entré, Smith hace un gesto de despedida con sus manos atadas. ‘Muchas gracias’, me dice. ‘A ti, Perry’, le respondo. Me quedo solo en la hilera y, acompañando el sonido de la escotilla al abrirse, un trueno marca el final de la entrevista.

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domingo, 1 de junio de 2008

Personajes secundarios

De noche la ciudad es naranja, y desde el ventanal de aquel restaurante el hecho era indiscutible.


Alicia acudió puntual a su gastronómico ritual. Tras salir del taxi y subir en ascensor hasta la vigésima planta -¿cómo superar los escalones con aquellos tacones?- entregó su fino abrigo al guardarropa, confirmó su reserva en la recepción y se sentó en la misma mesa que ocupaba el día quince de cada mes.


El pequeño puñado de rascacielos de los que podía presumir la ciudad se elevaban ante ella, poderosamente fríos, admirables… Alrededor, las luces de las farolas, los coches y las oficinas insomnes confirmaban su afirmación.


Desde allí, la noche era naranja.


No le hizo falta consultar la carta, y el camarero ni siquiera se la mostró. Sencillamente se acercó y se limitó a confirmar la rutina mensual: '¿Lo de siempre, señora?', 'Sí, por favor'.


La primera vez que cenó sola en aquel restaurante no pudo evitar manchar su servilleta de rímel al secarse una lágrima, consciente por primera vez en su vida de que la soledad era su destino. Tras asumir que su mejor amiga le había robado el hombre que amaba –tópico, cierto, pero no por ello menos doloroso-, decidió que la falta de compañía no era excusa para prescindir de una exquisita cena en un elegante restaurante. ¿Qué mejor remedio para las penas del alma que un buen solomillo precedido por caviar, regado todo ello con un buen caldo?


Llevaba 18 años recetándose ese tratamiento y podía asegurar que era muchísimo mejor que la enfermedad, por poco efectivo que fuese.


Mientras esperaba la llegada del sumiller, bajó su mirada a la calle. Tan sólo tres personas caminaban por ellas, insignificantes, anónimas… Personajes tan secundarios en su vida como ella acabó siéndolo de aquel hombre tan ciego o de Clara, la mujer que al hundirle aquella daga la empujó a dedicarse en cuerpo y alma a su trabajo, condenándose al aislamiento.


Cerró los ojos. Intentó calmarse. No volvería a ensuciar de rímel una servilleta.


No aquella noche de cálido color naranja.


***


Al meter la mano en el bolso se formó en su cabeza una imagen cruelmente nítida: las llaves se encontraban en su casa, en el pasillo, sobre el libro de Robin Cook; a tres pisos de ella y a dos puertas de distancia: la del portal y la de la del propio ático.


Eran las dos de la mañana, su móvil estaba sin batería, el taxi en el que había regresado estaba ya demasiado lejos y, por supuesto, hacía más frío del que sus galas podían contener.


Intentó pensar en alguien a quien recurrir, pero pedir ayuda en un día como aquel, con un estado anímico como el que entonces tenía, significaría verse obligada a abrir su alma ante un conocido para volverse vulnerable.


Y ser vulnerable significaba poder volver a ser dañada.


Por mucho que le incomodase, la solución más sencilla a su problema pasaba por recurrir a algún vecino, pero hacía sólo una semana que se había mudado y aún no había entablado conversación con ningún otro miembro de la comunidad.


Se acercó al portero automático y pulsó el botón del 3ºA, sus vecinos de la izquierda. En total eran sólo 8 viviendas, dos por planta contando el bajo, y si podía permitirse el lujo de molestar a alguien a aquellas horas lo más razonable parecía que fuera a ellos: en primer lugar, como castigo por no haberle dado la cordial bienvenida de rigor; en segundo, porque le sería más fácil subsanarles el daño a ellos que a los del segundo o el primero.


Pulsó el botón tres segundos y esperó. En aquel momento la madre se habría despertado, sobresaltada, le estaría dando un pequeño codazo a su marido para hacerle saber que alguien había llamado y, tras recibir como respuesta un molesto gruñido, se estaría levantando, poniéndose la bata, apresurándose al telefonillo y disponiéndose a preguntar ‘¿Quién…’.


Pero no se oyó nada.


Intrigada, Alicia retrocedió un par de pasos. Quizá la precavida señora había optado por mirar por la ventana de la terraza quién importunaba su sueño. Levantó la mirada hacia la tercera planta y, en efecto, una figura pareció asomarse para regresar al interior del piso en un abrir y cerrar de ojos.


La furtiva silueta no parecía la de una señora -o al menos no la de la señora imaginada-, pero señalaba que había alguien en la casa y que, además, ese alguien estaba despierto.


Alicia volvió a pulsar el botón, cuatro segundos esta vez.


Arriba, Tomás intentaba mientras tranquilizarse, sin saber qué hacer. De todas las horas de la noche, aquella desconocida había decidido visitar aquella casa precisamente en ese preciso momento. Cómo no.


Pensó en hacerse el sueco, en seguir a lo suyo fingiendo no estar allí, pero estaba claro que le había visto asomarse y el no hacer nada sólo podía complicar la situación. La segunda alternativa, la huida, era igualmente descartable: bien en la escalera, bien en el portal, el caso es que se encontraría con aquella mujer y la situación sería, si cabe, más ridícula.


Respirando hondo, levantó el tubo del telefonillo. Quizá pudiera solucionarlo todo hablando a través del aparato.


-¿Dígame? –preguntó, forzando una entonación natural.


-Buenas noches, perdone que le moleste… Soy su vecina de al lado, me llamo Alicia. Verá, me he dejado las llaves dentro y es para pedirle que me dejara llamar a un cerrajero.


-¿No nos conocemos? –inquirió nuevamente Tomás, y Alicia creyó detectar una extraño matiz de sorpresa en su voz.


- No… Me mudé hace sólo una semana, creo que no nos hemos presentado.


Durante unos segundos la conversación quedó en suspenso, cediendo todo el protagonismo al crepitante sonido estático del portero automático. ¿En qué demonios estaba pensando aquel tipo para no abrirle la puerta o, al menos, ponerle una excusa rápida?


-Sí, de acuerdo… Suba.


Sonó un fuerte zumbido, Alicia empujó la pesada puerta y entró en el portal. Curiosamente, si bien para ella los escasos tres minutos que le llevaron esperar el ascensor, subir y hacer acopio de ánimo para tocar el timbre fueron eternos, para Tomás no había tiempo suficiente para prevenir cualquier error que pudiera costarle caro.


¿Cómo se le había ocurrido dejarla entrar? Una vez, oyó que el hombre medio pensaba bien, pero tarde, y, mientras se apresuraba a tumbar y retirar los marcos de fotografías de las mesas y a acumular en uno de los dormitorios todo lo que causaba impresión de desorden en la sala principal, acudieron a su mente todo tipo de frases de disculpa a las que podía haber recurrido hacía unos segundos.


Sonó el timbre. Se miró al espejo. Apocado, ojeroso, cansado, vestido con jersey, vaqueros y botas oscuras. Desde luego, no inspiraba confianza.


-¡Un segundo! –gritó, sin preocuparse lo más mínimo por si su voz llegaba o no al otro lado de la puerta.


Entró en la primera habitación con la puerta abierta y se puso una bata. Afortunadamente, era de caballero.


-Perdóneme… ¿Le he despertado? –se disculpó Alicia nada más abrirse la puerta.


-No, no… tranquila. Y tutéame. Me llamo Joaquín.


-Encantada.


Se dieron la mano. Nada más retirarla, Alicia se apresuró a retirar de ella el sudor ajeno, más preocupada por lograrlo que por disimular el gesto.


-Bueno, pues aquí está el teléfono –indicó Tomás-. ¿Sabes cuánto tardarán en llegar?


-No… No he tenido nunca que llamar a un cerrajero. Vamos, no tengo ni número, pensé que quizá ust… vosotros tendríais.


Tomás se quedó mudo. Tampoco había pensado en eso. Cogió la agenda que había junto al teléfono y la abrió, deseando que la respuesta se mostrara sola ante sus ojos.


-Debe haber alguna tarjeta por aquí… Mi mujer es la que suele llevar estas cosas, ¿sabes?


-Lo mejor será buscar en las páginas amarillas, seguro que ahí vienen varios.


Ambos se miraron, extrañada la una por la apariencia agitada y el extraño comportamiento del uno; intimidado el uno ante la inoportuna presencia de la una. Tomás abrió las puertas del pequeño armario sobre el que reposaba el teléfono, pero no había nada. Entonces recordó que vio un calendario colgado de la cocina en el que había creído ver el teléfono de un fontanero. Seguramente también habría un cerrajero.


-Espera, voy a la cocina. Creo que allí hay teléfonos para estas cosas.

La pequeña figura de Tomás desapareció por la derecha y, abandonada, Alicia decidió curiosear por la izquierda. Allí pasaba algo extraño, y se arrepentiría toda su vida si no hacía nada por enterarse de qué era.


La sala parecía normal, sin polvo y con todo ordenado salvo un par de marcos de fotos que yacían tumbados, con la imagen oculta sobre la superficie de las estanterías.


Se acercó a una de ellas, y al levantarla se quedó sin respiración. Era imposible.


Delante tenía una sonriente fotografía de Clara, su traidora amiga.


-¡Lo encontré! –exclamó Tomás a sus espaldas


Alicia soltó el portafotos y el cristal se hizo añicos contra el suelo. El súbito y expresivo anuncio le había cogido desprevenida.


-Lo siento… Se me ha escurrido…


-Tranquila, ha sido culpa mía… Esta es mi mujer, Amanda –dijo mientras se apresuraba a recoger los pedazos.


La piel de Alicia se tornó pálida, su corazón se aceleró y su voz desapareció, todo en un instante. ¿Amanda? Aquella mujer era Clara, estaba segura… Reparó entonces en lo escalofriante de la posición de los marcos ¿Por qué estaban todas las fotografías ocultas? ¿Por qué se comportaba aquel tipo de forma tan extraña?


‘¿Estás bien?’, oyó que se le preguntaba, lejos. Musitó un sí e inventó una excusa relacionada con la cena.


-Llamo al cerrajero y te traigo un vaso de agua… Espero que no tarde mucho en llegar.


-Gracias…


Tomás abandonó la habitación, y Alicia aprovechó para levantar un nuevo marco. La fotografía había sido tomada el día de la boda de Clara y Gonzalo, y mostraba a ambos sonrientes posando ante la cámara en los jardines del restaurante.


Volvió a tumbar la foto y se puso en pie; tenía que salir de allí como fuera. Si se daba prisa podría alcanzar la puerta antes que aquel tipo, y una vez fuera sólo tendría que llamar a la puerta de otro vecino, o encerrarse en el ascensor hasta que la sacaran los bomberos: cierto que la espera podía ser claustrofóbica, pero era mejor que la alternativa que ser descuartizada…


Cielos. La idea no había pasado hasta entonces por su cabeza.


Se levantó de un salto y corrió hacia la puerta justo en el preciso instante en el que Tomás abandonaba la cocina. Como en un duelo al sol entre dos pistoleros, ambos se contemplaron, indecisos, inmóviles.


Tomás tomó la iniciativa al soltar el vaso e impulsarse hacia delante. Alicia se apresuró a alcanzar la puerta, dando incluso un pequeño grito de furia generado por la adrenalina. Pero cuando el vaso se estrelló contra el suelo comenzó a caer, sin entender por qué. El sonido del cristal resonaba en su cabeza, y conforme Tomás se aproximaba a ella, a cámara lenta, se preguntaba cada vez con más fuerza si lo que se había roto no era la realidad misma, si aquello no era sino un mal sueño del que despertaría en el portal, esperando todavía a que alguien le abriera la puerta.


No fue hasta que sintió el duro y gélido tacto de las baldosas en su costado que cayó en la cuenta de que sencillamente se había roto el tacón de su zapato. No obstante, tuvo poco tiempo para pensar en su reciente descubrimiento: Tomás la había levantado del suelo e, inmovilizándole los brazos por la espalda, le clavaba la punta de un pequeño cuchillo de cocina en el cuello.


-¡Por favor, no me haga daño! ¡Por favor! –suplicó Alicia. Se encontraban frente al espejo del pasillo, y a pesar de la posición pudo ver el reflejo de la mirada de Tomás, la expresión de su cara. De forma reveladora, le invadió la seguridad de que en aquel momento él tenía más miedo que ella.


-Tranquila… Tranquilízate, por favor –susurró él-. No voy a hacerte daño… Lo siento, de verdad, no tenía que pasar esto… ¡Se suponía que no habría nadie, que no vendría nadie! Por Dios, no voy a matarte, pero necesito que no hagas nada, por favor. Necesito que me prometas que no harás nada raro, ¿de acuerdo?


Ella asintió con la cabeza, y al hacerlo sintió el frío tacto del cuchillo al pinchar su carne. Tras una breve pausa, él la soltó.


-Lo siento, de verdad. No soy un ladrón, no me interesan el dinero ni las joyas, pero este hombre, Gonzalo Pereira… Me ha hecho daño, ¿comprendes? Tenía que darle un escarmiento. No era mi intención hacerte daño, si quieres yo mismo te abriré la puerta de tu casa, no tendrás que esperar que venga nadie, ¿de acuerdo?


Dos horas más tarde, Alicia se preguntaría cómo pudo hacer lo que hizo a continuación, cómo pudo pronunciar la frase que brotó de sus labios en aquel momento. Y no obtendría respuesta. Quizá fuera el tono de voz de aquel hombre, nervioso pero sincero; quizá su escuálida apariencia; o sencillamente el adictivo regusto del ansia de venganza que había experimentado al ver aquella foto de bodas… Jamás sabría qué fue, pero las palabras, con toda certeza, salieron de su boca.


-La dueña de esta casa también me hizo daño hace mucho tiempo. Y también Gonzalo. Tranquilo… No haré nada. Pero necesito pedirte un favor, necesito comprobar algo.


Tomás, boquiabierto, apenas pudo pronunciar un sí. Rápidamente, Alicia se dirigió hacia el mayor de los dormitorios y buscó entre los libros de una estantería un volumen: una enorme edición del Quijote.


-¿Qué haces? –preguntó Tomás.


-Hace años, Gonzalo guardaba en este libro sus papeles personales y su dinero. Es un animal de costumbres, sabía que seguiría haciéndolo.


-¿En un libro?


Alicia abrió la tapa para descubrir, en un hueco en el interior del libro producido por la mutilación de sus páginas, un par de pequeños cuadernos, sobres y un fajo de billetes de quinientos euros. Tomás contempló el contenido hipnotizado, los ojos como platos, y tardó en reaccionar cuando Alicia volcó todo aquello sobre la cama, cogiendo sólo los cuadernos y las cartas.


-Gonzalo y yo fuimos novios, y estos cuadernos contienen cosas que son sólo mías –afirmó con aplomo-. Sabía que los conservaría, aunque me negué a ello, aunque le pedí que los quemara… Así que esto me lo llevo; el resto es tuyo.


Tomás sólo movió la cabeza de arriba a abajo, superado por la situación.


-Ahora sí, por favor, si puedes ábreme la puerta… Tranquilo: no diré nada.


***


Clara apoyó el codo en la ventanilla del coche y se masajeó las sienes con la mano, relajada al fin… En un primer momento el robo le había provocado un sentimiento de vergüenza, de suciedad. Alguien había invadido su intimidad, revuelto cajones en los que guardaba secretos. Probablemente, incluso se habían burlado de sus fotografías, su diario, su gusto…


No obstante, tras descubrir que Alicia era la nueva inquilina del piso de al lado, el incidente le había dado un sólido argumento para proponerle a Gonzalo la mudanza.


¿Estaba huyendo? Sí, por supuesto. Los dieciocho años que había pasado junto a Gonzalo habían sido los más felices de su vida, de principio a fin. Por supuesto que había habido alguna que otra pequeña crisis, pero ninguno de los dos dudó nunca de que las superarían…


Hasta que descubrió la vecindad de Alicia. Podían ser imaginaciones suyas, ideas sin sentido, sí, pero juraría que cuando la intrusa y Gonzalo –SU Gonzalo- se miraron, el tiempo retrocedió hasta antes de que la venciese.


Sin dejar de inclinar su cuerpo sobre su lado del coche, abrió los ojos y le observó conducir. Deslizó la mano izquierda y la posó sobre la de él mientras cambiaba de marcha. Sorprendido por la caricia, Gonzalo la miró.


-¿Estás bien? –le pregunto, preocupado por cómo había podido afectarle a su esposa el ajetreo de los días previos.


- Sí, lo estoy. Es sólo que…


La frase quedó suspendida, temerosa de ser respondida.


-Te quiero, Clara –se adelantó Gonzalo.


Ella le sonrió, tomó su mano para besarla suavemente y volvió a llevarla hasta la palanca de cambios, prolongando su caricia.


Ninguna secundaria podría jamás interrumpir el eterno final feliz de su cuento. Ellos los protagonistas de la historia.



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sábado, 31 de mayo de 2008

Cuatro cuerdas

Deslizo los dedos por las cuerdas, acariciándolas. Agarro con firmeza el arco, suavemente. Cierro los ojos y me preparo para el sonido, para abstraerme. Lo último que oigo antes de la primera nota es tu voz... “¡No ceses!”. No podría hacerlo aunque quisiera. Cuando el violín comienza a sonar, todo lo que me rodea desaparece, sólo quedamos yo, la música... y los recuerdos.


Hoy hace exactamente dos meses desde que recibí tu última carta. Me decías en ella que no podíamos seguir escribiéndonos, que si realmente te quería, que si realmente deseaba conocerte y comprender el porqué de tu tristeza, debía emprender camino y superar la distancia que nos separaba


(... es por eso que necesito que vengas, que toques para nosotros, que toques por mí ante mi padre, que devuelvas a este castillo hoy lleno de sombras y tinieblas la luz y el color que antaño tuvieron, la vida que nos fue arrancada cuando se fue mi madre.

Sólo tus dedos, sólo tu música, Álvaro, pueden lograrlo...)


y liberarte.


Partí en cuarto menguante. Mi caballo desfalleció con la luna nueva, caminé con Selena creciendo y las fiebres me hicieron retrasarme hasta el umbral de verla llena. Cuando alcancé las puertas del castillo caí deshecho, balbuceando palabras sin sentido oyendo susurros en derredor de mí.


(¿Qué hacemos con él? ¿Qué murmulla? ¿Será el músico que espera el conde? Mira el instrumento que porta en su saco...)


Al despertar aún podía recordar tu última misiva: cada palabra, punto, trazo y matiz; cada borrón de tinta dejado por tu pluma. ¿Cuántas noches hace ya que tu voz me acompaña en sueños, entrecortada por el sufrimiento, leyéndome fragmentos de esas cartas? ¿Cuánto hace que mi cuerpo se nutre únicamente del sonido que emanan tus labios para atravesar mi alma? ¿Con qué conjuro hiciste que mi cordura quedara anclada a tu destino, lastrada inexorablemente al fondo de tu abismo?


(La Música fluye, Lucía, tal y como querías... La siento surgir impetuosa de lo más profundo de mi ser, la noto recorrer impetuosa mis arterias, por ti impulsada y a ti destinada, pugnando por salir

... despierta, cariño, abre los ojos. Sé que puedes oírme. No debiste haber venido, no debiste leer aquella última carta. Si despiertas, huye mientras puedas, huye sin mí... Y si no puedes despertar, no lo hagas y huye, huye lejos hacia la luz, huye de la oscuridad.

para iluminar todo este salón repleto de angustia, miedo, tormento; para vencer, vencer si aún es posible, y escapar juntos)


Cuando desperté no estabas. Tiritaba en aquella gélida habitación de invitados, tumbado desnudo en una inmensa cama vacía.

Iluminados por la luz de la luna, lo primero que vi al abrir los ojos fue el inmenso fresco del techo: una imponente ave de fuego me observaba colérica rodeando con sus alas una inmensa lámpara de plata. Me incorporé desconcertado y contemplé el resto del amplio dormitorio: las blancas sábanas de seda y el rojo y suave edredón, el suelo de negra roca, las paredes de pulida piedra gris; el armario, también de plata, como el tocador, la palangana, la silla y, frente a los pies de la cama, el balcón, cerrado.

Me levanté, caminé hacia él y, abriéndolo levemente, atisbé el paisaje. Erguidas, majestuosas, todopoderosas, se elevaban más allá del cielo ante mí las Montañas del Fin del Mundo.

Las contemplé, en silencio, absorto por la solemnidad de su altura y, lentamente, abrí el balcón, sintiendo el golpe gélido de la noche.

Salí.

No fue el frío, sino la visión que surgió ante mí lo que me causó el repentino vértigo y erizó subitamente el vello de mis brazos: la vista del cañón, de su anchura inconcebible a cientos de metros sobre el río. Apoyé la espalda en la barandilla y elevé la vista hacia lo alto del palacio. Las oscuras y grises piedras del castillo se elevaban cubiertas de musgo hasta las almenas. A izquierda y derecha de aquella descomunal pared, las dos torres de vigías. Me volví y miré hacia abajo. Tan sólo una planta más, una amplia terraza que parecía suspendida en el vacío, probablemente sujeta por pilares que escapaban a mi vista.



(Siento que algo me roza mientras toco, siento que algo lucha con fiereza contra mi música, que algo que está siendo fracturado quiere combatirla, callarla, hacer que desaparezca. Oigo voces que no son recuerdos, voces dolientes y dolorosas que me hablan en el presente de un pasado que creía sepultado; voces con puños y garras que me embisten, me añaran y fustigan con látigos de fuego; voces que me alejan del violín, de la melodía...

“¡Toca con más fuerza! ¡No te detengas, Álvaro, sigue!”

Tu voz entre todas ellas me devuelve la calma)


Aquella noche fue la última vez que recuerdo haberme sentido vivo en el castillo. Vagué durante dos días enteros entre sus muros sin que me dejaran verte, sin que nadie más que Gabriel, tu hermano, o los miembros del servicio se comunicara conmigo, arrestado en un ala del castillo con falacias y engaños que no comprendo como pude creer. Estaba siendo envenenado, dulcemente envenenado por las palabras de Gabriel, de las doncellas, de los mozos, del castillo entero: estaba siendo embaucado por su poder, absorbido por su embrujo.

Las pesadillas por la noche se sucedían. Espíritus, fantasmas de rostros deformes, de ojos vacíos y gesto atroz me asediaban en sueños haciendo imposible el descanso y tornando en locura la escasa razón que mi mente poseía durante el día. Os busqué inútilmente a ti y a tu padre durante aquellos dos días, impotente ante las excusas que deslizaba en mis oídos Gabriel, quien siempre alegaba que estabais ocupados, cansados o reunidos.


(Una de las cuerdas se rompe. Oigo el sonido del desgarro y entonces, indiscutiblemente claro, veo que no lo lograremos, que será imposible salir de aquí, escapar de esta cárcel de piedra. Continúo tocando, improvisando la canción sin saber cómo hacer para no emplear la cuerda ahora ya inexistente.

Sólo sigue tu corazon, Álvaro. Sólo sigue mi voz en tu pecho y ven hasta mí)


Encontré por fin un pasadizo y logré llegar al ala sur del castillo, verte, hablar contigo. Allí estabas, de pie: a pesar de tu palidez, la más bella imagen que jamás hubiera visto: tus ojos, enormes, brillantes, cautivadores; tu pelo, negro azabache, suave entre mis dedos; tu cuello, largo y terso... Nos besamos por primera vez con la misma fruición del respiro que sigue al ahogo y me pediste que te liberara, que sólo la música podía hacer que tu alma fuera por fin libre, que sólo yo podía darte por fin el descanso que llevaba siglos esperando, que todos vosotros merecíais y que tu padre y tu hermano os habían prohibido


(Llantos y gritos en todas partes, a izquierda y derecha, volando sobre mí, procedientes de espíritus que se estrellan los unos contra los otros en sus embistes, inconscientes de qué hacen ni dónde van, perdidos, más aún que yo, temerosos de lo que les espera)


hacía tanto tiempo. Te escucho y al sumergirme en la profundidad de tus ojos lo comprendo todo... Mas ya es tarde.


(Sigo ejecutando la pieza, tu pieza: ya falta poco. Sigo tu voz y me guía a través del caos hacia la luz, hacia la libertad. Siento las cuerdas tensas, frágiles. Temo olvidar que sólo ya quedan tres, que mis dedos fallen y busquen ese cuarto cordel fracturado, mudo. Temo olvidar que sólo ya quedan tres, que mis dedos fallen, que los fantasmas me den un último asalto letal)


Las paredes, el techo, el suelo; todo se mueve y cambia. Tu habitación se transforma en el salón de baile y las caras y los cuerpos de los cortesanos surgen de la nada, amenazantes. Mis pesadillas se hacen realidad. Rostros deformes, de cuencas vacías y atroz gesto de furia me asedian. Descubro la cara del conde y la seguridad de estar ante el demonio me invade, rojos sus iris, infernal el aura que le rodea.

¡Toca!

Traje el violín para tocarte una canción, para que escucharas la melodía que compuse para ti... Y ahora dependo de esta caja de madera para que salgamos con vida.

Interpreto el último movimiento sintiendo la cercanía del final, el abismo que me espera al final del pentagrama que recorro a toda prisa. Los espíritus se hartarán pronto de jugar conmigo y me atraparán, me arrancarán la vida y me convertirán en uno más de ellos, en un ser destinado a padecer cada día la misma tortura a la espera de que alguien que intente salvarme arriesgándose a sumirse en mi misma agonía.

Me esfuerzo en superar los calambres: sólo Dios sabe cuánto, cuánto, cuánto me cuesta mantener sólo tu nombre en mi cabeza, sólo tu música; cuánto apartarme de esta demencial burla a la vida.

Estirando el tiempo de la última nota llego al fin de la pieza. Termino. El ruido cesa. Acaban los gritos, los golpes. Pronuncio tu nombre y no hay respuesta. Abro los ojos.

Cada palabra, cada frase, cada súplica, cada trazo, cada línea, cada silencio en tus cartas... todo vuelve a mí en un instante, todos tus recuerdos arremeten contra mí. Solo y de pie en una sala vacía, lloro. Las heridas, la sangre... Todo me da igual. Las paredees están vacías y apenas filtra luz la luna en esta nublada noche.

'Espérame, Lucía...', musito.

Te he perdido y mi único consuelo es que, al fin, puedes descansar en paz.

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viernes, 25 de abril de 2008

El medidor de sueños

A lo largo de la historia, han sido numerosos los científicos que han dedicado su carrera a intentar cuantificar el peso de los sueños. No obstante, prácticamente ninguno ha logrado ser recordado, y en los pocos libros que tratan el tema con la debida seriedad tan sólo se repite permanentemente un nombre: el del físico islandés Hingings Kölh.

Este peculiar erudito asombró al mundo al crear la 'almohada': un sistema de ponderación que se empleó durante años para medir todo tipo de aspectos de las fantasías nocturnas. Los elementos constitutivos de esta herramienta fueron inicialmente dos kilos de plumas de ave y una tela -originalmente lisa y blanca- que las envolvía y compactaba.

El instrumento era endiabladamente sencillo en su mecanismo, y aún hoy sigue arrojando increíbles resultados. El sujeto apoya la cabeza en la almohada y, pasado un tiempo, abandona la vigilia para sumirse en un placentero descanso que le conduce, finalmente, al sueño. En ese momento, los finos filamentos de que constan las plumas recogen las imágenes elaboradas por el subconsciente del individuo y, sin emitir ruido alguno que pueda interrumpir el reposo, las acumulan ordenadamente en sus respectivos cálamos. Así, según señalan los trabajos de campo de Kölh, las almohadas de quienes sueñan más y mejor ganan con el tiempo más peso -al encontrarse más completas las plumas que las forman-, mientras que quienes duermen de un tirón sin apenas poner un pie en las etéreas tierras de Morfeo descansan sobre almohadas más ligeras.

La invención de este instrumento le valió a Kölh múltiples premios y el mérito del tratamiento de jefe de Estado, pese a que nunca llegó a discurrir un método para recuperar los sueños perdidos que atesoraba la almohada.

No obstante, como acostumbra a suceder en estos casos, llegó un momento a partir del cual el ciudadano corriente asumió la existencia de la almohada como algo habitual que, desde su perspectiva, había existido siempre y por siempre existiría. Debido a ello, pronto este hito tecnológico pasó a ocupar diversos papeles secundarios en la vida del ser humano.

Para los niños, por ejemplo, la almohada adopta el rol de protectora, de talismán contra aquellos desaprensivos monstruos nocturnos que acostumbraren a rondar por debajo de las camas, en el interior de los armarios o detrás de aquellas puertas que quedaren inoportunamente entrecerradas.

Para los adolescentes, el invento de Kölh es en realidad un sucedáneo de arma con el que es posible combatir contra un amigo -o amiga- sin peligro de sufrir ni infligir más daño que el derivado de un momentáneo desequilibrio posterior al impacto.

Los adultos tienden a valorar especialmente la almohada como consejera con la que consultan importantes decisiones, y conforme los años pesan, este pequeño saco de plumas -como cariñosamente lo calificaba el sastre que tejió el primer mecanismo de este tipo- gana importancia como punto de apoyo en la enfermedad.

Pero en cualquiera de estos casos, la almohada realiza permanentemente la labor para la que ha sido creada, y por ello sigue acumulando datos sobre unos sueños que, en gran medida, ella misma potencia: las almohadas son el traje con el que se visten los sueños.

Es por todo esto que hoy, mientras coloco sobre mi cama un nuevo mecanismo de ponderación elaborado con plumas de ánade, lamento que aún no se conozca fomar de recuperar de las blandas entrañas del dispositivo que, una vez repleto, me dispongo a retirar, todos los sueños que un día tuve.

¡Adiós, querida almohada! Protege y conserva por siempre los viajes que guardas dentro.

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lunes, 21 de abril de 2008

Madera para muñecos

No hace una hora que Kalit ha vuelto de ver al hombre por el que creció humillado, el hombre que jamás comprendió cómo su hijo pequeño era incapaz de seguir con la tradición y prefería tallar madera. '¿Cómo te puedes venir con la red vacía? ¿Crees que nos alimentarán esos muñequitos tuyos?'

Su anciano padre ya no puede andar: malvive en casa del primogénito con el dinero que Kalit les lleva cada semana. El negocio de la madera es cada vez más rentable, y pronto no necesitará siquiera trabajarla; probablemente, incluso podrá crear una red de comerciales.

Mientras maneja el hacha sonríe. Quienes hacen años le ridiculizaban ahora imitan su idea. Pescar no es rentable. Pescar requiere demasiado tiempo lejos de casa. Pescar es peligroso. Pescar es ahora sólo tarea de unos pocos remilgados incapaces de acallar la Voz.

Con la ayuda de dos de sus sobrinos comienza a tensar y fijar los listones que darán forma a la embarcación. Quizá no sea la más resistente de las que ha construido (la flexible madera joven es más difícil de obtener que la vieja, y el tiempo apremia), pero sí es lo suficientemente grande para soportar un centenar de clientes, y el color negro no sólo la hará invisible en la noche, sino que disimulará también los defectos. Al acabar el día estará lista... Incluso podría ser botada.

Oye la potente y grave voz de su ahijado, que le llama; a su lado, un chico de no más de diecisiete años le observa, desafío en la mirada. 'Este hombre quiere unirse al pasaje. ¿Hay sitio?'. Kalit ni siquiera mira al muchacho, sencillamente niega con la cabeza y continúa dando los últimos brochazos. Tras él, el joven pierde su fingida pose y le pide, desesperado, poder subir... Seiscientos mil francos consiguen convencer a Kalit: siempre ha sido un hombre comprensivo. El joven, que desconoce a qué Paraíso le conducirá el pasaje, respira aliviado.

Llega la noche. El viento del sur es buena señal: al menos esa noche no oirá la Voz, y siempre se consuela con el hecho de que hasta ahora nadie ha vuelto para saldar cuentas. Vuelve a sonreír. Kalit es un hombre afortunado. Jamás será un buen pescador, pero siempre ha disfrutado jugando con muñequitos que flotan en el mar.



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viernes, 4 de abril de 2008

Una llamada

Todos los años la editorial suele celebrar una fiesta la noche después de Navidad, el día veintiséis, para celebrar las Pascuas todos juntos, como una gran familia feliz y bien avenida. El ágape consiste, básicamente, en una reunión de matrimonios y parejas reunidas para bailar música más o menos reciente, beber cava como locos y picar canapés y delicias varias mientras se participa en debates de temas importantes en los que todos se consideran expertos: quién ganará las elecciones, quién ganará la liga, a qué huelen las dichosas nubes…

Este año, como todos, acudí sola, armada para la batalla con un largo y sencillo vestido sin escote, el pelo liso y corto, pintada lo justo y sin alhaja alguna más allá de los pendientes de plata que me regaló mi abuela. Puesto que ésta era una reunión casi obligatoria, la misión era sobrevivir: estar el tiempo justo para hacer acto de presencia, dar un par de besos y abrazos, reír chistes sin gracia, charlar un poco y mostrarme interesada en cualquier tema, siempre sonriente. Por último, era vital para el éxito de la operación huir de allí antes de que diesen las doce para llegar a casa, poner la televisión y ver la primera película que echasen.


El móvil sonó a eso de las once y media. Pilar Méndez, mujer de un compañero a la que no había visto en mi vida y que un tipo me había presentado para quitársela de encima, me estaba contando cuánto trabajaba su marido, lo tarde que llegaba a casa y lo poco que veía a sus hijos el pobre: claro, se quedaba hasta tardísimo haciendo horas extra en la oficina –horas que nunca le pagaban y él nunca reclamaba, sacrificándose por el bien de la empresa- a pesar de que ni siquiera le agradecían el ímprobo esfuerzo con un mínimo ascenso que reconociese su valía y su…

Sentí la vibración del teléfono justo en el momento en el que me disponía a llevar a cabo un experimento sociológico: cómo reacciona una mujer al escuchar de labios de una desconocida a qué dedica su marido su tiempo y energía después del trabajo, y más concretamente, con quién. Seguro que no le sentaría muy bien a Pilar enterarse de que la linda muchacha que bebía una copa de cava detrás de ella era la beneficiaria de las duras horas extra que el señor de Méndez padecía (duramente y mirando siempre por la maximización de los beneficios de la empresa, por supuesto) en el motel de turno.

Mordiéndome la lengua, me disculpé ante la pobre Pilar por tener que abandonar su grata y agradable compañía y descolgué.

- ¿Diga?

- Hola, ¿Isabel? –la voz me resultó familiar, pero no la asocié a ningún rostro.

- Sí, ¿quién es? Espere…

Abandoné la zona en la que me encontraba para escapar del ensordecedor ruido de la música y salí a la terraza. Una pareja se abrazaba observando la luna llena que reinaba un cielo completamente despejado y repleto de estrellas. Tomando sensible conciencia del frío, deseé que la llamada durase poco para no quedar transformada en un cubito de hielo.

- Ya está, diga.

- No creo que te acuerdes de mí, ha pasado mucho tiempo… La verdad es que he pensado muchas veces en llamarte, pero al final siempre me echaba atrás. Soy Cristóbal, Cristóbal Sánchez.

Me asaltaron tantos recuerdos al escuchar aquel nombre que perdería el hilo de esta historia si los trasladara al papel. Cristóbal fue mi mejor amigo en el instituto, mi compañero, mi hermano, mi primer novio y amante. Éramos inseparables, uña y carne, -almas gemelas, si se me permite la cursilería-. La pareja ideal, vamos. Sin embargo, el tiempo pasó y nos fuimos separando: poco a poco perdimos nuestros amigos comunes, luego nos desentendimos el uno del otro, después cambiamos de ciudad, y así las típicas cartas diarias fueron paulatina y progresivamente dando paso a largas cartas semanales, cortos escritos mensuales, postales de vez en cuando, una tarjeta por Navidad y un definitivo “¿qué habrá sido de…?” cuya respuesta nunca nos molestamos en buscar. En aquel instante me inundó una ilusión infantil, casi tangible, acompañada de la consciencia de que aquella llamada podía ser lo mejor que me había pasado en mucho tiempo.

O, al menos, me lo pareció entonces. Minutos más tarde me daría cuenta de lo mucho que difería de la alegría el fin último de aquella llamada.

- ¡Cristóbal! ¡Claro que me acuerdo! ¿Qué tal? ¡Felices fiestas! ¿Cómo es llamar después de tanto tiempo?

- Ya ves, suponía que no te acordaría del día que es hoy… Nada, llamaba por una promesa que me hice hace mucho.

- ¿Una promesa? Oye, ¿y cómo has conseguido mi número?

La mención a la promesa me pasó inadvertida en un primer momento, solapada por mi repentino y fugaz ataque de felicidad, pero justo mientras pronunciaba la última sílaba de la palabra ‘número’ recordé una conversación que tuvimos, -¡¿hacía ya dieciocho años?!- mientras paseábamos por el Retiro.

- Me lo dio tu madre. Llamé a tu casa, al último teléfono tuyo que tenía, y tu madre me dio tu móvil. Lo de la promesa es más largo…

Aquel día acabábamos de salir del cine y, mientras paseábamos por el parque abrazados el uno al otro, no sé cómo, surgió el tema---

- … es una promesa que me hice. Te hablé una vez de ello, sobre lo que haría el día que cumpliera treinta y cinco. No creo que…

--- del futuro, de dónde nos veíamos de adultos, ya con treinta y tantos años; de cuál sería ---

- … te acuerdes.

--- nuestro destino. Me quedé paralizada, sin habla. Sí que recordaba la conversación, el cielo nublado, el viento, un frío tan lacerante como el que estaba sintiendo en aquel momento, consciente de lo que significaba que Cristóbal hubiese contactado conmigo. Por supuesto que recordaba ---

- Cristóbal, no lo hagas

--- su abrazo, distante, y aquellas palabras. “Sólo espero”, me dijo “no encontrarme solo, sin ---"

- Está decidido, Isabel. He hecho balance…

“--- nadie, sin nada que hacer ni nadie que me necesite, solo. A veces pienso en cómo será mi vida y he decidido que cuanto tenga treinta y cinco años me detendré a evaluarme a mí mismo, y si no tengo nada que me dé ánimos---“

- … y no he encontrado nada, Isabel, nada por lo que luchar o pelear, nada. Sólo he encontrado una gran casa vacía, repleta de objetos que no llenan.

- Cristóbal, no lo hagas. Dime dónde estás, voy allí y hablamos.

“--- acabaré con todo. No tiene sentido---“

- No, Isabel, ya es tarde. Llevamos más de diez años sin saber del otro y un reencuentro no serviría, no cambiaría nada. Sólo quería hablar contigo por última vez.

“--- seguir vivo si no hay por lo que vivir”.

- Cristóbal…

- Adiós, Isabel. Gracias por regalarme tu voz.

- ¡Cristóbal!

El disparo resonó en mi cabeza, el teléfono cayó al suelo y el grito, un chillido breve y agudo, salió de mi garganta antes de quedar muda. El mundo me desmayó al girar a mi alrededor

(Nota: La versión original de este relato fue publicada en el suplemento 'Aula' del diario El Mundo el 5 de febrero de 2003)

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viernes, 28 de marzo de 2008

La Plaza del Péndulo


Tomás fue el último de la quinta en marchar del pueblo, y ahora, casi cincuenta años después de aquella noche en la que tomó el autobús que le trajo a Madrid, contemplando en el silencio vacío de su casa el reloj de péndulo que marca las diez de la noche, recuerda aquel día ---


Rafa lleva tres cuartos de hora esperando en la boca de metro a que el grupo dé alguna señal de vida. Si ha aguantado hasta ahora ha sido por Yolanda, la chica con la que flirtea desde hace un par de semanas y que ha sido quien le ha invitado… Pero ni ella ni nadie dan señales de vida o se dignan a responder a sus mensajes.

En un último intento de salvar la noche, Rafa decide llamarla por teléfono. ‘¿Dónde estáis? Llevo una hora esperando’ (…) ‘Joder… Daos prisa, por favor’ (…) ‘Va, venga, un beso’.

Al parecer la gente no se ponía de acuerdo en qué bebida comprar y, para mayor desesperación, el Tejo se ha estado dedicando a vacilar al chino de la tienda.


--- en que los pocos amigos que se encontraban en aquel momento en el pueblo decidieron celebrar una despedida en su honor. A las tres, siete horas antes de que tomara el autobús, le llevaron a la cueva de Paco y comenzaron a recordar, una tras otra, todas las aventuras que habían vivido juntos durante aquellos dieciséis años de existencia: los pequeños hurtos a los huertos del Segismundo; los gorriones cazados al vuelo gracias a certeros perdigones; los bailes en las fiestas de los pueblos cercanos… Entre chato y chato, pronto cayeron las dos primeras botellas, que no las últimas.


La Plaza del Péndulo era el lugar en el que habitualmente se reunían, y hacia allí se dirigían. Durante todo el camino Rafa se torturó con lo que había visto o creído ver entre Yolanda y el sujeto que era el Tejo: las miradas furtivas, las sonrisas y los gestos… Y como ella había pasado prácticamente por completo de él.

Al llegar a la Plaza, David le preguntó cuánto quería que le cargara el cubata. Mientras el líquido ascendía en el vaso de tubo y los hielos subían, flotando, Rafa contempló lleno de ira cómo Yolanda y el Tejo se daban el primer beso de la noche.

- Cárgalo un poco más, David; la noche va a ser larga.


Él apenas tomó: aquel día debía viajar más de doscientos kilómetros y no era nada conveniente; pero el Julián y el Santiago estaban poco sobrios cuando se apostaron veinte duros por ver quién podía trepar más alto el viejo olmo de la iglesia.

Marcharon los tres a la vez, dejando al resto celebrar ahora el reencuentro. Tomás giró hacia su casa para recoger la maleta y los dos apostantes siguieron recto por la cuesta, hacia la capilla.

Hasta que no lo leyó en una carta de su madre, pasada una semana, Tomás no tuvo noticia de lo que ocurrió después. Sus dos amigos llegaron hasta lo más alto de la copa del olmo para, desde allí, caer sobre un duro y frío suelo de piedras. Sólo Julián sobrevivió: su compañero se encontraba debajo.


Las formas se nublan y las voces que oye a su alrededor parecen tan lejanas que se confunden con sus pensamientos… ¿Por qué están juntos? ¿Por qué se siente tan solo? Desoyendo una voz interior que le dice que pare, decide dar un último trago. Sin embargo, el tubo no está en su mano. Se apoya en los dos tipos que siguen preguntándole cosas para levantarse, pero al hacerlo vuelve a caer.

Y esta vez, algo le impide volver a levantarse.


Tomás sabe dónde está su hijo, pero sabe que es responsable y que a él no le pasará nada. Sabe que ha oído esta historia muchas veces y conoce el peligro de salir sin control.

El reloj del salón marca una sola campanada. Su péndulo no se detiene.

Mientras el teléfono suena, un instante antes de descolgar, Tomás lamenta repentinamente no haberse despedido de su hijo cuando salió de casa aquella tarde.

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lunes, 24 de marzo de 2008

Última parada

I

Niebla


¿Les gusta el cine? A mí me encanta. Todas las películas, sin excepción, me da igual si son buenas o malas. Al fin y al cabo, todas ellas entretienen, que es para lo que han sido creadas. Tuve una amiga, Alicia (quizá les haya ya hablado de ella; si no es así, pronto lo haré, descuiden), a la que también le apasionaba el séptimo arte, y juntos hicimos años ha una lista jamás trasladada al papel en la que recogimos los tópicos más comunes de todos los géneros.


Tópico número diez: estación de tren, de noche; una densa niebla que sólo permite vislumbrar las siluetas en un radio de siete metros exactos; un tren a cinco minutos de abandonar la vacía estación en la que, junto al gigantesco reloj, las farolas y los bancos, encontramos, como si fuera parte del conjunto del andén, al revisor que controla, asomado a una de las puertas de los vagones, que el tren no marche dejando atrás a algún retrasado pasajero; un hombre de pie, esperando a alguien, serio, con gabardina marrón, un maletín en su zurda y un cigarrillo sujeto entre los labios, con aire de ser un tipo inteligente, previsor y astuto.

(Alguno de ustedes pensará, erróneamente, que un seguro servidor no tiene abuela)

Formar parte de esta escena me hace, lógicamente, acordarme de Alicia… Sí, definitivamente les tendré que hablar de un par de las hazañas que logramos juntos, algún día de estos.

Tenía que haber llegado a las doce menos cuarto y su retraso comienza a impacientarme. Nunca llega tarde. Nunca nada le ha impedido ejecutar a la perfección un plan. Formamos ahora Marta y yo un equipo increíble: yo pongo la idea y los medios y ella hace el trabajo sucio. Yo solo jamás me atrevería a robar nada: me faltan agallas y sangre fría para ejecutar el delito; Marta, en cambio, tiene témpanos por sangre pero necesita de mi materia gris… ¿O no? En este momento, volviendo a consultar el reloj, comienzo a preguntarme si: A) algo le ha impedido llegar a la reunión (pregunta que me provoca un escalofrío) ó B) yo no soy tan indispensable (lo que me causa un escalofrío mayor).

El tercer escalofrío se produce cuando me doy cuenta de que es la primera vez en mucho tiempo que sufro dos escalofríos seguidos.

Tópico número doce. Alguien llega al andén. También lleva gabardina (he llegado a la conclusión de que debe venir a juego con la niebla) y un sospechoso aspecto que inspira poca confianza al ingenioso y, dicho sea de paso, gallardo hombre que espera. Sospechoso se acerca al revisor y le pregunta a qué hora sale el tren.

“Dentro de cuatro minutos”.

Sospechoso le da las gracias y se aleja lentamente de la puerta, incrementando la sospecha de Astuto.

Mientras Sospechoso enciende parsimonioso un cigarrillo, Astuto apura las últimas caladas del suyo.

Revisor mira el reloj de la estación de nuevo: quedan tres minutos para la salida del tren. La tensión se masca en el ambiente. Hasta Revisor, al que se le supone una cierta experiencia en estas lides, la siente.

Astuto tira los restos de su Ducados al suelo y, con un estilo que sólo se logra tras horas de pulimento frente al espejo, lo apaga con la suela en un rápido giro de tobillo.

En un radio de siete zancadas, tres hombres esperan a que las agujas corta y larga coincidan en señalar las XII.

Un servidor, como ya supongo que saben, no se considera estúpido, y tenía prevista la aparición de Sospechoso. De hecho, Sospechoso ya había intentado detenernos a Marta y a mí antes –lo había intentado incluso cuando trabajaba con Alicia-, pero el hecho de que nunca hubiera visto nuestras caras y de que Marta fuera capaz de actuar de tan sutil y sigiloso modo -hay quien realmente piensa en nosotros como fantasmas- le estaban haciendo perder credibilidad como policía, además de cordura y salud.

(Las úlceras que provoca el estrés no son demasiado recomendables)

Y ahora, mis queridos niños, permaneced especialmente atentos a los últimos minutos de esta historia.

La Dama (supongo que la imaginan, pues es el tópico número cuatro: elegante, deslumbrante, cuerpo de infarto cuya visión preceden los hipnóticos sonidos de unos tacones en la –eterna- niebla; un paso cadencioso que no deja lugar a la duda de que esta impresionante mujer es de armas tomar) aparece en escena, centrando hacia sí todas las miradas: Poli (anteriormente conocido como Sospechoso) la ve y, como hiciera previamente Astuto, aplasta con el pie su cigarrillo, preparándose para entrar en escena; Revisor la ve y, ante tal monumento, no puede sino sonreír para sí y mirar con complicidad a sus compañeros de espera; Astuto, por último, permanece impasiblemente atento a las reacciones de Revisor y Sospechoso, y sólo cuando comprende que es el momento se acerca a Dama.

“Llega en el último segundo”, le comenta Revisor a Dama, que entra en el vagón sin prestar atención a Sospechoso ni a Astuto, haciendo también caso omiso del comentario de Revisor.

Astuto, en ese momento, se da cuenta de que no es esa la dama -¿acaso puede haber otra?- a la que espera. Mira el reloj y los nervios se apoderan por completo de él. Se para en seco y Poli, que estaba a punto de entrar en acción, también se detiene, extrañado. Astuto lo nota y aumenta la tensión entre ambos.

¿Qué está ocurriendo?

Suena un largo y agudo pitido, el tren comienza a moverse. Revisor se apresura a meterse en el vagón tras advertir con la mirada a los otros dos personajes de esta historia de la salida del tren. Astuto, comprendiendo tarde que no ocurren las cosas como debieran, intenta alcanzar la última puerta por la que subir, pero Poli le sujeta por el hombro. Astuto se gira y se topa con el poco amigable gesto de Poli, que sujeta en la mano una pistola.

“Un pajarito me ha dicho que llevas algo interesante en el maletín. ¿Podría verlo?”.


II

Prólogo: conversación telefónica. 29 horas antes:


- ¿…seguro?

- Tranquilo. Se cree cazador y no presa, no sospecha nada y ha picado hasta el fondo.

- Es un cabrón. No tiene una neurona en su cabeza, pero el muy hijo de perra no para de jodernos a mi hermana y a mí.

- Modera ese lenguaje, haz el favor. Esto le dará un escarmiento de los gordos, pero Ibáñez no es idiota... aunque sea incapaz de pillarnos a Marta y a mí. En cuento se dé cuenta de que ha detenido al sujeto equivocado y de que el diamante es falso, lo pondrá en libertad.

- Siempre que se lleve antes una pequeña tunda me da exactamente igual si le sueltan. ¿Cómo estás tan seguro de que no meterá la pata?

- Vale que el chico no es especialmente espabilado, cierto, pero le han quedado claras las señas. En cuanto oiga “llega usted en el último segundo” se estará quietecito, y sólo cuando tenga claro que el contacto ha llegado –es decir, nunca- actuará. Ahora dime, ¿qué os ha hecho para que le apreciéis tan poco?

- Es algo entre nosotros y él. Tú sólo hazme este pequeño favor y estaremos en paz.

- Tú mismo, pero quiero que sepas que no me siento cómodo siendo el primer ladrón que le dice a la policía dónde podrán encontrarle si desean enchironarle.

- Míralo así: vuestra leyenda se hará más grande…


III

Epílogo: el tópico uno


- ¿Su billete, señorita? –le pregunto a Dama.

- Aquí tiene, revisor. Le sienta bien su uniforme –me responde, fingiendo una inusitada seriedad.

- Gracias, señorita... No sé qué responder.

Nos miramos y estallamos en una carcajada. El vagón está vacío. Apenas nadie viaja a esta hora, en este día de la semana, en esta época del año. Me lanzo sobre ella y la beso. La miro y me pregunto cómo pude dudar de que viniera. Me ama casi tanto como yo a ella.

- ¿Por qué tardaste tanto?

- ¿Sabes lo increíblemente difícil que ha sido encontrar un taxi? Hoy en día los taxistas recelan de recogerte si sales corriendo del banco con una careta y un par de bolsas con una gran ese tachada.

Abre su pequeño bolso, saca una diminuta bolsa de tela y la balancea con los dedos ante mis ojos. No necesito ver los diamantes para saber que están ahí.

- No me acostumbro a llamarte Marta…

Una sonrisa es su única respuesta. Algún día les hablaré de ella… Alicia es única.


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