lunes, 5 de julio de 2010

La Llama de la Literatura

Me topé con Ernesto Bernabé por casualidad y le reconocí en el momento. Tenía menos pelo del que aparentaba en la fotografía de las solapas de sus novelas, pero conversando con la mujer junto a la que caminaba mostraba el mismo gesto pícaro que imprimía a sus personajes.

Durante una fracción de segundo, tuve la tentación de detenerme, esperar a que llegase a mi altura, saludarle y estrecharle la mano. Sin embargo, me contuve a tiempo. Yo volvía de comprar el pan, barra en mano, y con esa estampa mi recuerdo del momento (y lo que es peor, el suyo) sería ridículo. Así que decidí hacer como que no le había visto. Seguí caminando, nos cruzamos y no intercambiamos palabra ni mirada alguna.

–¡Idiota! –me increpé en voz alta al llegar a mi habitación en la residencia. Debía haberle saludado, haberle dicho que admiraba su obra, haberle regalado los oídos aunque solo fuese como agradecimiento por las horas de entretenimiento que me habían prestado sus libros. Pero en lugar de eso había pasado de largo, masticando el delicioso pico que había arrancado nada más salir de la panadería.

Fue entonces cuando decidí que debía estar preparado para la próxima ocasión. Quizá no volviese a cruzarme con Ernesto Bernabé nunca, pero había muchos otros escritores que seguramente frecuentasen los mismos lugares de Madrid a los que yo acudía, y no sería raro que me chocase con alguno de ellos cuando menos lo esperase.

Debía encontrar algo que decir si llegaba la ocasión, algo con lo que iniciar una conversación, o una frase que se les quedase grabada para siempre en la memoria y me permitiese aparecer en alguna de sus novelas como un anónimo personaje que, sin despeinarse, aporta la clave para dar un giro a la trama.

¿Qué palabras podían surtir tal efecto?

Pasé mis primeros días de universidad dándole vueltas a la cuestión. La carga de trabajo con la que nos recibieron los profesores de la Carlos III no me dejaba todo el tiempo que hubiese querido para visitar la capital, y por otra parte el ambiente festivo de la residencia no me atraía demasiado. Así que barajé las diferentes alternativas, las corté, las puse bocarriba e hice elevados castillos con ellas mientras pateaba las calles de Getafe.

“¿Me permite que le estreche la mano?”. Demasiado formal.

“Creo que le he visto en alguna estantería”. No estaba mal, pero me parecía tan ocurrente que seguramente luego no podría mantener el nivel, llegada la conversación.

“¡He leído todos sus libros!”. Demasiado clásica… y podía no ser cierto, lo cual significaría mentirle a alguien a quien probablemente admirara.

Un paso de cebra en rojo interrumpió mis pensamientos. Me detuve en el borde de la acera y la inspiración llegó con forma cilíndrica: a mi derecha, un hombre agotaba su cigarrillo antes de que el paseante verde del semáforo le permitiese cruzar la calle. En cuanto la suela de su zapato pisó la carretera, arrojó el pitillo al suelo y avanzó con parsimonia, dejándome atrás. Aquello sí que podía funcionar.

Me di la vuelta y entré en un estanco.

–¿Qué desea? –inquirió la estanquera.

–Hola, buenos días. Quería un mechero –respondí, lleno de confianza.

–¿De qué tipo?

Calculé mentalmente el dinero que podía llevar encima.

–¿Qué tiene por unos diez euros?

–Acaban de llegarnos unos del estilo de los Zippo. Son algo más pequeños y duran menos, pero están muy bien.

Se giró y sacó cuatro modelos. Eran rectangulares y lisos, con los bordes redondeados y sin ningún elemento decorativo. Había cuatro colores: plata, rojo, negro y verde.

–Me llevaré el rojo –dije, sacando el billete. Pedí que no lo envolvieran, lo metí en el bolsillo y salí de la tienda.

La tarde transcurrió rápidamente. De vuelta a casa, saqué el encendedor y jugué con él: lo abrí, giré la rosca y cerré la tapa para apagarlo. Clic. Chas. Clac. Imprimí diferentes ritmos a la secuencia y alterné los sonidos, dejándome asombrar por la llama de tanto en cuando. Clic. Chas. Clac.

Todos los grandes personajes de la Literatura –y, por ende, todos los protagonistas de las novelas de Bernabé- habían sido espléndidos fumadores. En parte, porque la descripción del acto en sí es un perfecto recurso para crear ambiente: puede servir de preámbulo a un discurso filosófico, llevar al clímax una escena llena de tensión sexual, o dar pie a la resolución de un asesinato por el hábil investigador del caso. El tabaco, junto al whisky, era lo que mejor podía asegurarme una entrada excepcional. Y como la idea de llevar encima una petaca de bourbon se me ocurrió demasiado tarde, la próxima vez que me cruzase con algún escritor le daría fuego.

Pronto, ofrecería mi mechero a un vulgar escritor, o quizá a un poeta. En un par de meses probablemente hubiese coincidido con tres, y para la mitad del segundo cuatrimestre probablemente hubiese ofrecido suficiente fuego como para surgir en alguna conversación entre ellos.

–El otro día un joven me paró para darme fuego –le diría el novelista (o poeta) a alguno de sus colegas–. Fue bastante curioso: estuvimos hablando de la literatura derivada de la Gran Depresión y me dejó asombrado.

–¿Qué te paró, dices? –respondería el otro, quizá un dramaturgo–. ¡A mí me pasó lo mismo hace poco en Gran Vía! Pero nosotros estuvimos hablando de teatro, de la quinta de Valle Inclán.
Con el tiempo, me convertiría en un personaje popular entre ellos: el Joven del Fuego. Me invitarían a tertulias, me pedirían consejo y escucharían mis reflexiones asintiendo en silencio, valorando como incluirlas en sus escritos. Yo, por mi parte, me dejaría perilla y me la mesaría disfrutando del proceso completo de sus obras: el nacimiento de las ideas, la ardua labor de escritura, la evolución de los personajes desde su concepción hasta su llegada a la madurez, cuando el punto final brillase negro en la última línea del escrito.

“Aquí yace la llama que iluminó la Literatura del siglo XXI”, cincelarían los artistas en mi lápida, agradecidos, llegado el momento de mi desenlace. Clic. Chas. Clac. Jugué con el mechero intentando conciliar el sueño.

Al día siguiente, por la mañana, comenzó el periodo de elección de asignaturas de Humanidades: un complemento de asignaturas optativas de letras puras que debía realizar si quería recibir el título de Licenciado en Economía. Me presenté en la universidad bastante antes de lo habitual para echar un vistazo a la oferta de asignaturas y lo primero en lo que reparé fue en su nombre: Ernesto Bernabé. Narrativa breve contemporánea.

Como alumno de primero, sería muy difícil que me concediesen la asignatura, pero había que intentarlo. Además, dos importantes factores jugaban a mi favor: por una parte, el horario del curso era especialmente malo (cinco días durante una semana, de una a cuatro del mediodía); por otra, y más importante, los hados parecían estar sonriéndome. De todos los autores del mundo, venía a la Carlos III precisamente Bernabé, precisamente después de la llegada del encendedor a mi vida, y precisamente para dar una asignatura que podía serme útil.

Publicaron la asignación de cursos dos semanas después, y, en efecto, allí estaba mi nombre. Otras dos semanas más tarde vi desde mi asiento cómo Bernabé entraba en el aula y nos saludaba. Conservaba la misma mirada, pero parecía que había perdido algo más de pelo.

Apenas participé en la clase: ya tendría tiempo. Mi presentación debía producirse ante el anaranjado brillo de una llama, y no en clase. Luego, durante los cuatro días restantes, podría dedicarme a impresionarle. Había leído casi todas las obras que conformaban el temario del curso y, aunque en algunos momentos se habló de temas o recursos en los que no había reparado, por lo general no estaba descubriendo nada nuevo.

Salvo un breve descanso de veinte minutos en el que Bernabé no abandonó el aula, la clase transcurrió del tirón.

–Bueno, y con esto hemos acabado por hoy –dijo a menos diez–. Mañana intentad traer leídos todos los relatos que tocan.

Salí rápidamente del edificio y esperé cerca de la puerta, desde donde podía controlar todas las posibles salidas. Sin embargo, algo me decía que no debía preocuparme: Bernabé estaba destinado a cruzarse conmigo aquel día.

Uno a uno, fueron saliendo todos los alumnos que se habían quedado a hablar con él tras acabar la clase. A los diez minutos de espera mi estómago gruñó reclamando algo de atención, pero no podía atenderle: había llegado el momento de la verdad.

El sensor de las puertas automáticas se activó y Ernesto Bernabé surgió, a cámara lenta, del bloque de ladrillos. Me acerqué a él pausadamente, sin entablar todavía contacto visual. Parecía estar reviviendo la escena de hacía unos meses, solo que esta vez yo no iba armado con una pistola de pan, sino con fuego real. Como si me hubiese leído la mente, Bernabé se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta, buscando algo. Clic. Chas. Clac.

Me paré frente a él y alcé el encendedor. Se detuvo, perplejo.

Clic. Chas.

–¿Quiere fuego? –pregunté, en tono serio y alzando una ceja.

Antes de responder, Bernabé sacó su mano del bolsillo. No era tabaco lo que estaba buscando, sino un caramelo de eucalipto. Un estúpido caramelo de eucalipto.

–No, gracias. No fumo –respondió, sonriendo.

Uno a uno, todos los posibles temas de conversación que había imaginado parecían estar saltando a gran velocidad desde mi cerebro hacia la llama del encendedor, que mantenía alzado entre el escritor y yo mismo. Deseé poder incinerarme yo mismo.

–No lo entiendo –dije–. ¿Todos sus personajes fuman y usted no?

Ernesto Bernabé abrió el envoltorio del caramelo y comenzó a dar un rodeo para esquivarme.

–No te creas todo lo que está en los libros –dijo antes de comenzar a alejarse.

Poco después, cogió el autobús. Solo cuando volví a oír el clac del encendedor comprendí que probablemente había escuchado la frase más importante de la carrera.

Leer más

lunes, 21 de junio de 2010

Cambio de vía

El resto volvió en coche. Nosotros, con la excusa del espacio, cogimos el tren.

Ella se durmió enseguida. Apoyó su cabeza en mi hombro, cerró los ojos, y su respiración se acompasó al vaivén del vagón. Yo seguí despierto, contemplando alternativamente el paisaje y su rostro. Cada parada rescataba un momento en el que pudimos acabar juntos y cada puesta en marcha me recordaba, a su vez, que siempre llegué tarde.


En la penúltima estación, me levanté con cuidado y la dejé soñar en equilibrio. Aquella vez llegué a tiempo, pero ahora nuestros rumbos eran distintos.

Leer más

domingo, 19 de julio de 2009

Polvo de estrellas

Ciertamente somos polvo de estrellas, pero también entre las estrellas hay clases y clases. Para empezar, no es lo mismo ser una estrella de tipo M, como My Cephei, cientos de veces más grande que el Sol, que llamarte LHS 2397a, ser poco mayor que algunos planetas y estar localizable solo para quien posea un telescopio de varios miles de aumentos.

También hay estrellas más útiles que otras. La estrella polar parece estar inmóvil en nuestra bóveda celeste y durante milenios ha servido como referencia para navegantes, aventureros y demás profesionales errantes. La pequeña Próxima Centauri, en cambio, sencillamente figura allá arriba, como un extra de cine, ajena a cualquier constelación o referencia literaria. Si las estrellas se juntasen a beber en un bar durante el día, cuando nadie las mira, seguramente Alfa Ori podría presumir de ser el hombro de Orión, Algenib podría decir orgullosa que sin ella Pegaso no tendría alas y Antares se llevaría a su órbita a las mejores estrellas fugaces. La estrella menor del Anillo del Sur, en cambio, permanecería sentada en una mesa del rincón, relativamente a oscuras, aferrada a una pinta de cerveza pensando en cómo morir: si como una enana blanca, perdiendo lentamente su energía para sumirse en la nebulosa, o si liberando toda su energía en una última explosión que se llevase por delante a todos los demás cuerpos celestes.

Siendo polvo de estrellas, de alguna forma nuestra vida se compone de los retazos de la existencia pasada del astro que nos forma. Quienes sufren adicciones que los arrastran a un triste fin tienen en su cuerpo los átomos de una diminuta estrella absorbida por un agujero negro. Las más luminosas supernovas cedieron una parte de sí a los actores, músicos y escritores que conocieron pronto la fama y murieron antes de caer en el olvido. Y las estrellas dobles, que bailan inseparables una música secreta a años luz de distancia, moldearon la esencia de los amantes destinados a necesitarse para vivir.

El destino, por lo tanto, no es una fuerza irrefrenable ni la voluntad de un ser superior. Sencillamente es la naturaleza de aquello que fuimos cuando, en lugar de contemplar el cielo como hormigas, lo iluminábamos como astros.

Leer más

viernes, 8 de mayo de 2009

La mujer barbuda

Superados los trapecios del metro, cruza en rojo la calzada cual funámbulo, deteniéndose en el bulevar para practicar un ejercicio de malabares con los periódicos, el maletín y, finalmente, la sofocante chaqueta. A continuación, con la prenda en el brazo diestro, el portafolio en la zurda y los diarios sujetos entre sus rodillas, emplea la mano derecha en secarsela frente y suspira: si desea alcanzar el edificio donde le espera el león tendrá que superar la zanja sin red de las obras en la acera.

Al levantar la vista y ver al sonriente niño del balcón, repara en que el Circo Estival ha llegado a la ciudad y su vida transcurre la pista central.

Leer más

lunes, 9 de febrero de 2009

La Casa Azul

Me gusta pensar que nací tres años antes que ella, y que, aunque yo no fuera libre, aunque sólo era una especie de esclavo de su familia, Frida y yo éramos hermanos. Crecimos en tiempos de guerra, de secretas confesiones en susurros que yo escuchaba en silencio… En ese maldito silencio al que se ha visto condenada mi existencia.

Desde pequeña, Frida fue una niña enfermiza. Durante largos períodos se vio obligada a permanecer en cama y era mi misión protegerla. Yo fui el único testigo de cómo dio vida a sus primeros lienzos y de cómo la niña se convirtió en una atractiva joven, llena de la fuerza que tenían sus pinturas.

No recuerdo con exactitud el primer día que Diego llamó a mi puerta para visitarla, pero sí cómo fue la boda dos primaveras más tarde y cómo lloraron nuestros padres cuando Frida se fue, lejos de nosotros. Tardamos mucho en volver a verla, y cuando lo hicimos fue para ver cómo nuestra madre se iba a un lugar aún más lejano del que ya no volvería. De nuevo, Frida se confesó conmigo, me habló de su tristeza, de su soledad… Y, como todas las veces anteriores, lleno de impotencia, no pude responderla ni tranquilizarla; sólo pude darle calor.

Pasaron varios otoños y me pidieron que cuidara de un hombre llamado León. Frida y Diego venían a visitarle de vez en cuando, pero un día Diego y él discutieron y se marchó. Inmediatamente después, Frida dejó a Diego y acudió a mí. Desde entonces y hasta su muerte, el único motivo por el que deseaba seguir existiendo era cuidar de ella.

Diego volvió con Frida tras un tiempo, y entonces comenzó el periodo más feliz de mi vida. Constantemente recibían la visita de distinguidos visitantes de todo el mundo, así como de varios fotógrafos a los que Frida pedía que fotografiaran sola o, en ocasiones, conmigo. De todas las visitas, mi favorita siempre era la de los Fridos, los más queridos alumnos de mi hermana, aquellos a los que estaba encantada de enseñar, incluso cuando se vio obligada a guardar una cama de la que ya apenas se levantaría…

… hasta su muerte. Fue muy duro para mí recibir a toda aquella gente y guardar, a pesar del dolor, aquel color azul en mi superficie. Logré por fin lanzar, después de tantos años, un largo grito que duró meses… pero nadie me oía. Sólo Diego, tras observarme detenidamente con su profunda e intensa mirada, comprendió lo que necesitaba: a ella.

Y por eso me la volvió a traer. Volvió a traerme sus pinturas, sus ropas, sus fotografías… y en mi puerta colgó un letrero en el que me llamaba como ella siempre me llamó con cariño: su Casa Azul.

(Nota: este relato fue escrito en 2006 para un ejercicio libre sobre Frida Kahlo durante la carrera de Periodismo. Lo encontré esta mañana curioseando en el correo)

Leer más

lunes, 20 de octubre de 2008

Amore Morte

Angelines Amaro, Ramsés Radi, Sara Benito, Héctor Peinador y un servidor perpetramos este corto en julio, dentro de un curso del Círculo de Bellas artes coordinado por Pedro Pérez Jiménez. Los actores, que no cobraron, responden a los nombres de Beatriz Amaro y Lorenzo Ayuso.

(Gracias por colgarlo, Angelines)


Leer más

domingo, 5 de octubre de 2008

Fuegos artificiales

Con cada explosión, cientos de irisadas centellas inundaban el cielo para caer después en una lluvia cromada. Cada estallido de los fuegos de artificio que aquella noche clausuraban las fiestas llenaba de color no sólo la noche, sino también la habitación en la que me encontraba. Frente a la ventana, intentaba entender qué había ocurrido mientras un tipo de pelo cano amenazaba con un revólver a aquella joven de pelo corto azabache y cara tan familiar.

Sin embargo, la hipnótica luz de los fuegos me impedía recordar.


Me encontraba mareado, ni siquiera podía entender qué estaba preguntándole (gritándole)  aquel inmenso hombre a la muchacha. Sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y con claros signos de haber sido golpeada, la chica negaba con la cabeza, la mirada llena de miedo.

Me llevé la mano a mi dolorida frente. Sangre. Alguien (¿Ignacio?) debía haberme golpeado. ¿Quizá aquel tipo? ¿Esa mujer?

Miré a mi alrededor. El inquisidor, en la pared de mi izquierda, junto a la puerta. Yo, tirado en el suelo, ante mí ventana y fuegos. Aquella mujer, en la pared, a mi derecha. Sólo había en la sala una silla, un escritorio debajo de la ventana, una cama a mi izquierda limitando mi visión y un baúl sobre el que la mujer intentaba apoyarse.

El primer disparo, que fue a dar en el baúl, coincidió con la explosión del azul y provocó los gritos de la mujer (¿Nuria?) que clamaba al borde de la histeria que ella no había robado aquella caja.

-¡Deja de tomarme por un idiota! –respondió el hombre. Tenía un acento extraño, la voz ronca y seca y (¿Acaso habían enviado al Ruso?) despedía un fuerte olor a tabaco.

-¡Te juro que no sé dónde metió la caja!

La respuesta de Nuria precedió al nuevo disparo, el de color dorado. Esta vez, la bala dio en la pared. Antes de hablar de nuevo, con el humo del disparo aún  (¿La caja? ¿Qué caja?) saliendo del cañón del arma, el Ruso caminó lentamente hacia Nuria, encañonándola.

-Esa ha sido mi última adverten…

El tipo reparó entonces en que yo había despertado. Su primera reacción fue un gesto de sorpresa de apenas un segundo de duración. Pasado ese segundo y olvidándose de Nuria, se abalanzó sobre mí, agarró la pechera de mi traje, me levantó del suelo con pasmosa facilidad y plantó el cañón frente a mi cara.

-¡Maldito hijo de perra! ¿Dónde está?

(Miente)

-Ignacio –respondí, calmado, sorprendido por mi propia voz como si fuera la primera vez que la hubiera oído-. Ignacio me golpeo y se llevó la caja.

¿Fue así? ¿Quién era Ignacio? ¿De qué caja me estaba hablando? No comprendía nada salvo que alguien, el Ruso, me estaba apuntando con un revólver y que otra persona, Nuria, se encontraría en pocos segundos en mi misma situación junto a mi cadáver aún caliente.

(La almohada)

-No te creo, Rubén, estoy harto de tus men…

Con un nuevo grito, esta vez lleno de rabia, Nuria embistió contra el Ruso: el tercer disparo coincidió con el verde.

Un golpe de dolor me sobrevino y, tras él, un pitido continuo que me impedía oír nada. La bala que salió despedida a escasos centímetros de mi cara se había estrellado contra el tabique. Por los pelos.

Silvia luchaba con el Ruso por conseguir el arma. Sus mordiscos y arañazos hicieron brotar sangre de la piel de aquella inmensa mole, pero el Ruso, inmenso, no era un contrincante que pudiera ser fácilmente sometido.

(La almohada)

Sin saber el porqué, impulsado por una repentina fuerza que me impedía permanecer allí agachado sufriendo las consecuencias del disparo en mi oído izquierdo, salté sobre la cama y busqué bajo la almohada. Fuera, en la calle, los fuegos estaban a punto de llegar a su fin.

El Ruso empujó a Silvia, despidiéndola  hacia la otra punta de la pequeña habitación, y con un hábil giro apuntó su arma hacia mí. El cuarto y último disparo tiñó el firmamento de rojo.

La automática escondida en la almohada disparó una bala que atravesó la cabeza del Ruso antes de que él pudiera apretar el gatillo. Cuando cayó al suelo, la ciudad estalló en gritos y aplausos. Las fiestas habían finalizado.

Leer más